Un satélite es cualquier cuerpo que gira alrededor de otro. La Luna es un satélite natural de la Tierra; los que ha puesto ahí arriba el ser humano son satélites artificiales, y en los últimos cinco años su número se ha disparado de una forma que no tiene precedente.
Para hacerse una idea: a principios de 2021 había unos 6.500 satélites en órbita. A mediados de 2026 la Agencia Espacial Europea contabiliza cerca de 16.000 en funcionamiento, y una sola empresa es dueña de más de la mitad.
¿Cuántos satélites hay ahora mismo en el espacio?
Las cifras que maneja la Agencia Espacial Europea, actualizadas a julio de 2026, son estas:
- 27.490 satélites se han puesto en órbita desde 1957.
- 46.770 objetos siguen ahí arriba y están catalogados y vigilados por las redes de seguimiento. La mayoría no son satélites: son restos.
- De todo lo lanzado, unos 16.000 satélites siguen funcionando.
- El peso total de lo que orbita la Tierra supera las 17.000 toneladas.
Y a lo catalogado hay que sumarle lo que no se puede seguir de uno en uno pero sí estimar: unos 68.450 fragmentos de más de 10 centímetros, un millón y medio de entre 1 y 10, y del orden de 230 millones más pequeños. Cualquiera de ellos, a la velocidad a la que va, puede destrozar un satélite.
Seis de cada diez satélites del mundo son de la misma empresa
Este es el dato que lo explica todo, y el que ha cambiado por completo desde que se escribió la primera versión de este artículo.
La constelación Starlink, de SpaceX, ha lanzado 12.935 satélites, tiene 11.139 en órbita y 9.732 operativos repartidos en sus capas de trabajo, según el recuento del astrónomo Jonathan McDowell a 7 de septiembre de 2026. Es decir: de los aproximadamente 16.000 satélites que funcionan en el mundo entero, unos seis de cada diez son Starlink.
Ninguna otra constelación se le acerca todavía. Amazon —que ha rebautizado su proyecto Kuiper como Amazon Leo— ronda los 370 satélites y ya es la tercera del mundo. Las dos chinas, Qianfan y Guowang, van por unos 200 cada una.
Dónde están, exactamente
No todos orbitan a la misma altura, y la diferencia condiciona para qué sirve cada uno:
- Órbita baja (LEO), entre 160 y 2.000 kilómetros. Aquí está casi todo: Starlink, la Estación Espacial Internacional, los satélites de observación. Se ve bien la Tierra y la señal tarda poco en ir y volver, pero hay que empujarlos cada poco tiempo porque el rozamiento con lo que queda de atmósfera los va frenando.
- Órbita media (MEO), en torno a los 20.000 kilómetros. Es donde viven el GPS, Galileo y el resto de sistemas de navegación.
- Órbita geoestacionaria (GEO), a 35.786 kilómetros exactos. A esa altura un satélite tarda justo un día en dar la vuelta, así que desde el suelo parece quieto en el cielo. Es la de los satélites de televisión y meteorología, y por eso las antenas parabólicas se apuntan una vez y no se vuelven a mover.
Lo que viene, y por qué preocupa
La versión de 2022 de este artículo decía que Elon Musk «pretende poner 12.000 satélites en órbita durante la próxima década». Cuatro años después ya ha lanzado 12.935, y la autorización que persigue llega a los 42.000.
No es el único. Sumando lo que las cuatro grandes constelaciones tienen aprobado o solicitado:
- Starlink (SpaceX): hasta 42.000.
- Qianfan (China): 15.000 para 2030.
- Guowang (China): unos 13.000.
- Amazon Leo: 3.236.
Si todos esos planes salen adelante, la Agencia Espacial Europea calcula que en 2030 podría haber cerca de 100.000 satélites activos girando alrededor de la Tierra. Frente a los 16.000 de hoy y los 6.500 de 2021.
El problema no es el sitio, es la basura
Espacio hay de sobra; lo que no hay es margen de error. Cada satélite que deja de funcionar y no se retira a tiempo se queda dando vueltas a unos 28.000 kilómetros por hora, y a esa velocidad un tornillo tiene la energía de una granada.
El escenario que preocupa a las agencias espaciales tiene nombre: el síndrome de Kessler. Si la densidad de objetos pasa de cierto punto, un choque genera fragmentos, esos fragmentos provocan más choques, y la reacción se sostiene sola hasta dejar ciertas órbitas inutilizables durante generaciones. No es ciencia ficción: la Estación Espacial Internacional ha tenido que esquivar restos en más de treinta ocasiones.
Los operadores de las megaconstelaciones argumentan —con razón— que sus satélites vuelan bajo y se desintegran solos en unos años si se les deja de empujar. De los 12.935 Starlink lanzados, 1.796 ya han vuelto a caer. Pero eso convierte la constelación en algo que hay que reponer constantemente, y traslada el problema a otro sitio: el de los miles de aparatos que se queman cada año en la atmósfera alta y lo que eso deja allí arriba, que es justo lo que ahora se está empezando a estudiar.