Cuando pensamos en un desierto imaginamos dunas, sol abrasador y sed. Pero la definición de desierto no habla de calor ni de arena: habla de precipitación. Un desierto es un sitio donde cae muy poca agua.
Con ese criterio, el mayor desierto del mundo es la Antártida. Sus 14 millones de kilómetros cuadrados —más grande que Europa, y casi el doble que Australia— la convierten en el desierto más extenso del planeta, muy por delante del Sáhara.
Y cumple el requisito de sobra: en el interior del continente caen menos de 50 milímetros de agua al año, menos que en el desierto de Atacama. Toda esa nieve y ese hielo que lo cubren no son lluvia reciente, sino precipitación acumulada durante cientos de miles de años que nunca llega a derretirse.
Historia del continente que se supuso antes de verlo
En el siglo II de nuestra era, Ptolomeo ya defendía que tenía que existir una gran masa de tierra en el sur para equilibrar las del norte. La llamó Terra Australis Incognita, y durante mil quinientos años los mapas la dibujaron sin que nadie la hubiera visto.
Los primeros avistamientos confirmados no llegaron hasta principios del siglo XIX, y llegaron casi a la vez desde tres países:
- 27 de enero de 1820: el ruso Fabián von Bellingshausen avista el continente. Es a quien se suele atribuir el descubrimiento.
- 7 de febrero de 1821: el cazador de focas estadounidense John Davis realiza el primer desembarco documentado.
- 1841: la expedición del británico James Clark Ross cartografía buena parte de la costa. La isla y la barrera de hielo de Ross llevan su nombre.

El 14 de diciembre de 1911, el noruego Roald Amundsen y su equipo se convirtieron en los primeros en pisar el Polo Sur geográfico, adelantándose por poco más de un mes a la expedición británica de Robert Falcon Scott, que llegó y murió en el regreso.
El Tratado Antártico, un acuerdo insólito
El 1 de diciembre de 1959, en plena Guerra Fría, los países activos en el continente firmaron el Tratado Antártico. Su idea era radical para la época y sigue siéndolo: la Antártida se dedica exclusivamente a la ciencia y a la paz, no se permiten actividades militares y las reclamaciones territoriales quedan congeladas —ni se reconocen ni se niegan, simplemente se aparcan—.
Se le añadió después el Protocolo de Madrid, firmado en 1991 y en vigor desde 1998, que protege el medio ambiente antártico y prohíbe cualquier actividad minera.
Cuidado con el «hasta 2048», que se repite mucho y es un malentendido. La prohibición de minería no tiene fecha de caducidad: el artículo 7 del Protocolo dice que toda actividad relacionada con recursos minerales que no sea investigación científica está prohibida, sin límite temporal.
Lo que ocurre en 2048 es otra cosa: a partir de ese año, cualquier país firmante podrá pedir que se convoque una conferencia de revisión del Protocolo. Levantar la prohibición seguiría requiriendo acuerdo, y hasta 2048 exige unanimidad de todos los países consultivos. La prohibición no expira; solo se abre la puerta a discutirla.
Hay yacimientos conocidos de platino, carbón, cobre, níquel y oro bajo el hielo antártico, y esa es exactamente la razón por la que el Protocolo importa. Sí está permitida cierta pesca comercial regulada en las aguas circundantes.
Cómo se vive en el desierto más frío del mundo
La Antártida no tiene población permanente. Nadie es antártico: no hay ciudades, ni gobierno, ni residentes. Lo que hay son unas setenta bases científicas de una treintena de países, con alrededor de 1.000 personas en invierno y hasta 5.000 en verano.
El clima
En la costa nieva bastante, pero el interior apenas recibe precipitación: en el Polo Sur caen menos de 50 milímetros de agua al año.
Las temperaturas del interior bajan habitualmente entre -60 y -80 °C en invierno, y el récord medido en superficie son -89,2 °C, registrados en la base rusa de Vostok en 1983. En la costa, en cambio, el verano es casi templado: en algunos puntos de la península se alcanzan entre 5 y 15 °C.
La vida, casi toda en la orilla
La falta de agua líquida, el suelo pobre y el frío hacen que casi nada crezca. La vegetación se reduce a líquenes, musgos, hongos y algas, y solo dos plantas con flor han conseguido establecerse en todo el continente: la Deschampsia antarctica y la Colobanthus quitensis.
En el interior no sobrevive prácticamente ningún animal. De hecho, hay un dato que sorprende siempre:
El mayor animal terrestre de la Antártida es un mosquito de seis milímetros.
Se llama Belgica antarctica, no tiene alas —le servirían de poco con esos vientos— y es el único insecto endémico del continente. Todo lo que es más grande que él —pingüinos, focas, ballenas— depende del mar para comer, así que técnicamente no es fauna terrestre.
Toda la vida visible está en la costa: grandes colonias de pingüinos, focas, ballenas y orcas, además del petrel de las nieves, que es el ave que más al interior llega, casi hasta el Polo Sur.
Las amenazas
- El calentamiento. El retroceso de los glaciares, el colapso de plataformas de hielo y la acidificación del océano están alterando los ciclos de las especies antárticas. Los mínimos de hielo marino de los últimos años han sido los más bajos desde que existen registros por satélite.
- El turismo. Aquí está el cambio más rápido: la temporada 2024-25 registró 118.491 visitantes, cuando hace no tanto eran unas decenas de miles. Casi todos llegan en barco a la península antártica.
- Las especies invasoras. Semillas y esporas pegadas a la ropa y el calzado, y ratas llegadas en los barcos. Las aves antárticas nunca han tenido depredadores terrestres, así que no saben defenderse de ellos.
- La presión sobre los recursos. La pesca y la minería siguen siendo la tentación de fondo, y la solidez del Protocolo depende de que los países sigan queriendo respetarlo.
