En Tailandia la palabra «santuario» no está regulada. Cualquier campamento puede ponerla en el cartel, quitar la silla de montar del catálogo y seguir haciendo lo mismo con otro nombre. Alrededor de Chiang Mai hay decenas de sitios así, y la mayor parte del daño que sufre hoy un elefante turístico en el norte lo hacen locales que se presentan como refugios.
Los números lo sostienen. El informe Bred to Entertain, publicado por World Animal Protection el 12 de enero de 2026 tras visitar 236 establecimientos con 2.849 elefantes entre febrero de 2024 y enero de 2025, concluye que cerca de dos de cada tres elefantes usados en turismo siguen viviendo en malas condiciones o directamente inaceptables, y que solo un 5 % está en las mejores condiciones posibles en cautividad. El paseo a lomos ha caído mucho —del 92 % de los elefantes en 2010 al 43 % en 2024—, pero lo que ha crecido en su lugar es el baño y el «cuidado» con contacto: más de la mitad de los animales están hoy en sitios que ofrecen eso. Los locales de solo observación siguen siendo el 7 %.
Esta guía sirve para saber en qué lado cae un sitio antes de pagarlo: qué delata a un mal campamento, qué nombres aguantan el escrutinio en 2025-2026, qué preguntar cuando el nombre no dice nada y la parte incómoda, que esos elefantes tienen dueño y alguien tiene que pagar sus 200 kilos de comida diarios.
Por qué no se monta en elefante, dicho sin rodeos
Un elefante asiático adulto pesa entre tres y cuatro toneladas y puede cargar peso, eso es cierto. El problema no es el peso: es lo que hace falta para que acepte que un desconocido lo dirija.
Ese proceso tiene nombre en tailandés, phajaan (ผ่าจ้าน), literalmente «partir» o «aplastar» el espíritu. Se aplica a animales de entre tres y seis años, después de separarlos de su madre: se inmoviliza a la cría en una estructura de madera que le impide moverse, girar la cabeza o defenderse, y se la mantiene ahí días o semanas con dolor, privación de comida y agua y falta de sueño, hasta que deja de resistirse y obedece al gancho. Sin recrearse en la descripción, la idea es esta: el animal no aprende a llevar gente, aprende a temer lo que le pasa si no lo hace.
De ahí salen dos consecuencias. La primera, que el paseo a lomos es el extremo visible de una cadena que empieza mucho antes, con una cría separada de su familia. La segunda, que el mismo adiestramiento sirve para cualquier otra actividad obediente: el elefante que se queda quieto para la foto, el que sujeta un pincel y el que se tumba en el barro cuando toca han pasado por lo mismo. Quitar la silla del catálogo no borra nada de eso.
A eso se suma el daño físico: la columna del elefante no soporta bien la carga vertical continua y las sillas mal ajustadas producen llagas crónicas. Ningún centro serio de Chiang Mai ofrece hoy paseos a lomos, y ese es el filtro más fácil: si aparece en el catálogo, no hace falta seguir mirando.
El baño con elefantes es el nuevo paseo a lomos
Cuando el turismo empezó a rechazar la monta, los campamentos no cerraron: cambiaron el producto. Llegaron los programas de «cuidador por un día», los cubos de plátanos, el barro y el río, casi siempre con la palabra ethical en el título. Según World Animal Protection, los locales dedicados al baño se multiplicaron por más de tres entre 2015 y 2020, y en 2024 más de la mitad de los elefantes cautivos del país estaba en sitios que ofrecen baño o cuidados con contacto.
Eso no es una alternativa: un elefante que se deja lavar por veinte desconocidos en fila, cinco veces al día, está siendo controlado. El control puede no verse —el gancho se queda en el bolsillo mientras hay cámaras—, pero existe y se apoya en el mismo adiestramiento temprano. El informe de 2026 lo resume sin matices: las actividades basadas en el contacto directo no son compatibles con un bienestar alto.
Hay además un problema de seguridad que en España se conoce bien. El 3 de enero de 2025, Blanca Ojanguren García, estudiante española de 22 años, murió en la isla de Koh Yao Yai al ser golpeada por un elefante mientras lo bañaba; la policía tailandesa presentó cargos por negligencia contra el cuidador. Un animal de tres toneladas no necesita mala intención para matar a alguien.
Y conviene decir lo que no es cierto: el baño no es una necesidad del elefante que el turista cubre. Se bañan y se embarran solos varias veces al día, y lo hacen mejor sin ayuda. La foto en el río existe para el visitante, no para el animal.
Las señales que delatan a un mal sitio (y las que indican uno bueno)
Casi todo se comprueba desde casa, en la web y en las fotos que el propio local publica. Un campamento no esconde sus actividades: las vende. Las señales de alarma están en el catálogo, no en la letra pequeña.
| Señal de alarma | Qué significa en realidad | Equivalente en un centro serio |
| Paseos a lomos, con silla o a pelo | El animal ha pasado por un adiestramiento con dolor y carga peso a diario | No hay monta de ningún tipo y se dice en la web, no solo por correo |
| Espectáculos: fútbol, baloncesto, elefantes que pintan | Movimientos aprendidos por repetición y castigo con el gancho | Ninguna actividad depende de que el animal obedezca una orden |
| Baño con visitantes, mud spa o ducha con manguera | Un elefante lavado por decenas de desconocidos está bajo control, se vea o no el gancho | El elefante se baña solo cuando quiere y se mira desde la orilla o una plataforma |
| Dar de comer en la mano, en fila, con cesta incluida | Obliga al animal a estar disponible todo el día en el mismo punto | Los suplementos se preparan y se dejan en comederos, sin el animal delante |
| Crías accesibles o fotos con bebés | Hay reproducción en cautividad y separación temprana de la madre | No nacen crías allí y el centro explica por qué no cría |
| Salidas cada hora y grupos de treinta o más | El aforo manda sobre el animal: no hay descanso entre turnos | Cupo diario limitado, reserva obligatoria y a menudo semanas de espera |
| Actividades sueltas y baratas, del tipo dar de comer por 690 bat (18 €) | Solo salen las cuentas si pasan muchos grupos al día por el mismo animal | Media jornada entre 1.900 y 2.500 bat (49-65 €), jornada completa entre 2.500 y 3.500 bat (65-91 €) |
| El mahout usa el gancho delante de los visitantes | El control por dolor sigue siendo la herramienta de trabajo | El manejo es con voz y comida; el gancho no aparece ni en la visita ni en las fotos |
| La web no dice de dónde vienen los animales | Suele haber compras recientes o alquiler de elefantes a terceros | Ficha por elefante: nombre, edad, de qué campamento llegó y en qué año |
| Nombre de marca con campamentos numerados (Camp 1, Camp 2...) | Es una franquicia que rota decenas de animales entre sedes | Un solo emplazamiento, pocos elefantes y los mismos mahouts desde hace años |
| Se vende combinado con tirolina, rafting o granja de tigres | El elefante es un número más del paquete de un día | La visita ocupa la jornada entera y no comparte cartel con nada |
El precio es un indicador real. Un elefante adulto come unos 200 kilos de vegetación al día. En 2021 un propietario tailandés detalló a National Geographic que mantener a 73 elefantes le costaba al menos 30.000 dólares (unos 27.000 €) al mes solo en comida: del orden de 400 dólares (370 €) por animal y mes, sin veterinario ni sueldos. Una experiencia de 690 bat (18 €) como el «dar de comer y taller de artesanía» de una de las cadenas grandes no cubre esa cuenta: la cubre el volumen de visitantes, y el volumen es justo lo que hace daño.
Las crías son la señal más grave. Un centro que de verdad ha dejado de explotar animales no cría: tiene los elefantes que ha ido recogiendo. Cuando hay bebés accesibles al público hay reproducción en cautividad, y detrás hay una separación temprana y un animal nuevo que trabajará cincuenta años.
Ojo con el sello como único argumento. La certificación ACES (Asian Captive Elephant Standards) audita gestión, seguridad y bienestar en 23 campamentos de Asia, pero no equivale a «sin contacto». Sus niveles miden el porcentaje de criterios avanzados superados —bronce por encima del 40 %, plata del 60 %, oro del 80 %, con el 100 % de los obligatorios en los tres casos—, y el protocolo contempla alimentar, bañar, pasear y observar como actividades auditables, no como actividades vetadas.
El resultado es el que cabe esperar: entre los campamentos certificados de la provincia de Chiang Mai figuran Elephant Jungle Sanctuary Camp 7 y Kanta Elephant Sanctuary, y los dos siguen vendiendo baño y mud spa con los visitantes, desde 1.900 bat (49 €). Un sello alto no significa que no vayas a meterte en el barro con un elefante: significa que el sitio cumple un estándar de gestión mientras lo hace.
Sitios concretos con buena reputación en 2025-2026
La lista de referencia es la de World Animal Protection, revisada cada año: trece establecimientos tailandeses han completado desde 2017 la transición a un modelo de alto bienestar, varios en la provincia de Chiang Mai.
ChangChill (ช้างชิล), en Mae Wang. El caso más claro del norte: era un campamento de monta y baño y se reconvirtió con apoyo de World Animal Protection hasta abrir como local de solo observación en abril de 2019. Se camina por el bosque hasta ver a los elefantes pastar, se prepara comida para ellos y se almuerza con vistas al río, sin tocarlos. Media jornada: 1.900 bat (49 €) los adultos y 1.500 bat (39 €) los menores de 10 años. Jornada completa: 2.500 bat (65 €) y 1.800 bat (47 €).
BEES (Burm and Emily’s Elephant Sanctuary), en Mae Chaem. Política estricta de no tocar, no bañar, no dar de comer y no montar. Paseo de observación: 2.500 bat (65 €) los adultos y 1.800 bat (47 €) de 10 a 17 años, martes, miércoles y viernes, con transporte propio. Las estancias con alojamiento arrancan en 6.000 bat (156 €) por dos días y una noche.
Kindred Spirit, también en Mae Chaem. Trabaja con familias karen y no vende visitas de un día: lo más corto son dos días y una noche, 5.300 bat por persona (138 €) yendo dos o más, o 10.000 bat (260 €) en solitario; tres días, 7.500 bat (195 €); cinco días, 15.000 bat (390 €). Se sigue a los elefantes por el bosque y se duerme en casa de una familia.
Mahouts Elephant Foundation. Sus dos proyectos avalados son LIFE, en la provincia de Chiang Mai, y Palatha, en Umphang (provincia de Tak). Elefantes semisalvajes en unos 370 km² de bosque —92.000 acres, de los que la fundación clasifica el 88 % como bosque de primer grado—: se sube con el mahout a buscarlos y se los observa donde estén. No publica tarifas; se reserva desde su web. La Isara Elephant Foundation (Galyani Vadhana) sigue el mismo planteamiento.
Elephant Nature Park, en Mae Taeng, es el nombre que todos conocen y merece un párrafo honesto. Fundado por Saengduean «Lek» Chailert, no ofrece monta ni encadena a sus elefantes, y retiró el baño con visitantes el 16 de abril de 2018, decisión que según la organización le costó la mitad del negocio. Las visitas van de 2.500 bat (65 €) por media jornada a 3.500 bat (91 €) por el día completo con pasarela elevada, 5.800 bat (151 €) con noche y 15.000 bat (390 €) por la semana de voluntariado. Los peros: en la guía de World Animal Protection de 2026 aparece marcado como «temporalmente retirado de la lista elephant-friendly por una investigación legal», sin que se detalle el motivo ni se cuestione el cuidado de los animales. Y en octubre de 2024 la riada del Mae Taeng arrasó el recinto: murieron dos elefantas, Fah Sai, de 16 años, y Ploy Thong, de 40 y ciega, y hubo críticas por haber tardado en evacuar cuando otros campamentos ya habían movido a sus animales.
Con el mismo aval, fuera de la provincia: Boon Lott’s Elephant Sanctuary (Sukhothai), Following Giants (Koh Lanta y Krabi), Phuket Elephant Sanctuary, Somboon Legacy Foundation (Kanchanaburi) y Elephant Forest Phitsanulok.
World Animal Protection mantiene además un segundo grupo de «alto bienestar» que no lleva el sello elephant-friendly, y conviene no confundirlos: ahí están la Golden Triangle Asian Elephant Foundation (Chiang Rai), Isara y, temporalmente, Elephant Nature Park.
Qué criterio usar cuando el nombre no dice nada
En Chiang Mai hay muchos más campamentos que nombres conocidos, y todos se llaman parecido en las agencias de Tha Phae y en las plataformas online. Sirve una comprobación de cinco minutos.
Mirar el catálogo completo, no el título del tour. Si el mismo centro vende una visita «sin contacto» y otra con baño, no es un sitio de observación: es un campamento que ha añadido un producto. Los elefantes son los mismos y el manejo también.
Buscar el nombre en la lista de World Animal Protection y en la de ACES. En la primera hay auditoría de bienestar detrás; si solo aparece en la segunda, hay que revisar qué actividades ofrece. No estar en ninguna no lo condena —los proyectos pequeños de aldea no entran en esos programas—, pero obliga a preguntar.
Preguntar por correo tres cosas antes de pagar: cuántos elefantes hay y cuántos visitantes se admiten al día; de dónde viene cada animal y desde qué año; y dónde pasan la noche. Un centro serio contesta con nombres y fechas. El que responde con generalidades sobre el amor a los animales esquiva la pregunta.
Y mirar las fotos de los clientes, no las del local. En las reseñas recientes se ve el gancho colgando de un cinturón, las cadenas del fondo, cuánta gente hay a la vez y si los turistas están dentro del agua con el animal. Es la fuente menos manipulable.
La parte incómoda: esos elefantes tienen dueño
Aquí es donde el discurso fácil se rompe. En Tailandia hay del orden de 2.800 elefantes en el circuito turístico y casi ninguno pertenece al Estado: son propiedad privada de familias, muchas de ellas karen, y legalmente siguen tratados como animales de trabajo bajo un marco heredado de una ley de 1939, más cerca del ganado que de la fauna protegida. El proyecto de ley específico para elefantes cautivos se presentó en 2022 y sigue sin aprobarse.
Eso tiene una consecuencia dura: un elefante cautivo no se puede «liberar». No hay hábitat suficiente, no sabe alimentarse solo y soltar a un macho adulto cerca de cultivos acaba con el animal muerto a tiros. Vive entre cincuenta y setenta años, come 200 kilos diarios y depende de que alguien pague esa factura.
La pandemia enseñó qué pasa cuando el dinero desaparece de golpe: con las fronteras cerradas en 2020, cientos de elefantes volvieron caminando a las aldeas del norte porque los campamentos no podían alimentarlos, y otros acabaron de vuelta en la tala ilegal de la frontera con Myanmar. El boicot total no convierte a un elefante de campamento en un elefante libre: lo convierte en un elefante sin comida.
La respuesta razonable no es dejar de ir: es elegir dónde va el dinero. Una jornada de observación con aforo limitado cuesta entre 1.900 y 3.500 bat (49-91 €) y los paquetes con baño de los campamentos grandes arrancan en 1.700 o 1.900 bat (44-49 €): la diferencia de precio es pequeña, la de trato no. Lo que de verdad cambia es cuánta gente pasa cada día por delante del mismo animal. Cuando un campamento se reconvierte lo hace porque el modelo nuevo le sale rentable: ChangChill lo hizo, y Maesa Elephant Camp retiró las sillas de montar el 20 de marzo de 2020, el día en que el gobierno ordenó cerrar los negocios no esenciales.
Ahora bien, reconvertirse tampoco es una garantía permanente. Maesa cambió de gestión después, y en 2025 la organización Responsible Travel publicó que le habían llegado informes de que allí se seguían haciendo trucos para turistas y de que podría haber cría en cautividad. Es un informe de tercera parte, no una inspección: se cuenta como lo que es.
Y hay una vía que no pasa por visitar nada: donar a los proyectos comunitarios que devuelven elefantes a sus aldeas de origen. Solo el 7 % de los elefantes cautivos del país está en locales de solo observación, y ese porcentaje sube o baja según lo que se reserve.
Cómo organizar la visita sin sorpresas
Reservar con semanas de antelación. Los centros que limitan el aforo se llenan, y esa es la razón por la que merecen la pena: de noviembre a febrero conviene contar con un mes de margen.
Contar el día entero. Las recogidas en el hotel empiezan entre las 7:30 y las 8:00 y la vuelta es entre las 15:30 y las 17:00. Mae Wang y Mae Taeng quedan a hora y media larga por carretera de montaña; Mae Chaem, donde están BEES y Kindred Spirit, a unas tres horas, y por eso allí lo normal es dormir. No tiene sentido reservar el vuelo o el tren nocturno para ese mismo día.
Llevar efectivo. Varios centros pequeños cobran en bat en mano; el cajero cobra a las tarjetas extranjeras entre 220 y 350 bat (5,70-9,10 €) por operación. Y ropa que se pueda manchar, calzado cerrado, repelente y agua: se camina por bosque y por barro, y entre marzo y mayo el calor de mediodía aprieta.
Vigilar la meteorología en septiembre y octubre. Son los meses de lluvia fuerte en el norte y las carreteras de montaña se cortan: la riada de octubre de 2024 en Mae Taeng cayó en esas fechas. Si hay aviso de crecida el centro cancela, así que conviene preguntar la política de devolución antes de pagar.
Dos avisos finales. No se combina un elefante con tirolina y rafting en la misma jornada: esos paquetes salen de campamentos que trabajan por volumen. Y si al llegar el sitio no se parece a lo prometido —sillas apiladas, una cría, el gancho a la vista—, se puede decir que no se participa y quedarse mirando desde fuera: se pierde el dinero del día, pero no se paga por lo que no se quiere financiar.
