La frase «conocemos mejor la superficie de Marte que el fondo de nuestros océanos» se repite mucho, y es verdad. Pero la cifra que suele acompañarla —«el 80 % del océano está sin explorar»— ya ha quedado obsoleta y conviene precisarla.
El océano cubre el 71 % de la superficie terrestre y contiene el 97 % del agua del planeta. En cuanto a su fondo, según el proyecto internacional Seabed 2030, en junio de 2025 se había cartografiado el 27,3 % con resolución moderna. En 2017, cuando se lanzó el proyecto, era apenas el 6 %.
La exploración del océano
Los intentos de medir la profundidad del mar son antiguos —los navegantes lanzaban pesos atados a cuerdas—, pero la oceanografía como ciencia nace con la expedición del HMS Challenger. Entre 1872 y 1876, este barco dio la vuelta al mundo sondeando el fondo y descubrió miles de especies nuevas.
En 1934, William Beebe y Otis Barton descendieron hasta los 923 metros en una batisfera, que consistía en una esfera de acero suspendida de un cable. Fue la primera vez que alguien pudo observar las profundidades con sus propios ojos.

En 1960, Jacques Piccard y Don Walsh alcanzaron el fondo de la fosa de las Marianas, el abismo Challenger, a unos 10.900 metros a bordo del batiscafo Trieste: si se colocara allí el Everest, su cumbre quedaría a más de 2.000 metros bajo el agua. Nadie volvió a bajar hasta 2012, año en el que el director de cine James Cameron lo hizo en solitario.
Desde 2019 las visitas se han multiplicado gracias al sumergible del explorador Victor Vescovo, quien ha descendido quince veces. Aun así, a finales de 2025 solo 27 personas habían estado en el fondo del abismo Challenger. Más gente ha caminado por la Luna —doce personas— que la mitad de esa cifra, y más de 600 han viajado al espacio.
Lo que falta por descubrir
Existen regiones enteras que nadie ha visto jamás y la vida constituye la mayor incógnita: un estudio de 2011 calculó que alrededor del 91 % de las especies marinas siguen sin describir. Cada expedición a una zona profunda regresa con decenas de especies nuevas.
La razón es sobre todo técnica y económica. La presión aumenta una atmósfera cada diez metros —en el fondo de las Marianas es más de mil veces la de la superficie—, no hay luz, las señales de radio no atraviesan el agua y un buque oceanográfico cuesta decenas de miles de euros al día. La mayor parte de la exploración actual la realizan robots submarinos, ya sean autónomos o manejados desde un barco.
La exploración del espacio
La NASA ha cartografiado Marte, Mercurio y casi toda Venus, y dispone de mapas de Marte con más detalle que los que tenemos de la mayor parte de nuestro fondo marino. Existe una razón física para ello: el espacio es transparente. Una cámara en órbita ve la superficie de Marte directamente; el agua, en cambio, absorbe la luz en pocos cientos de metros y obliga a «ver» con sonido.

El dinero es la otra razón. En 2025, el Congreso de Estados Unidos asignó a la NOAA —la agencia que se ocupa de los océanos y la atmósfera— unos 6.100 millones de dólares, frente a los unos 25.000 millones de la NASA. Además, la NOAA reparte ese dinero entre la meteorología, la pesca, los satélites y el clima, no solo la exploración marina.
Desde los años cincuenta, la carrera espacial contra la Unión Soviética convirtió el espacio en una prioridad política y la cultura popular hizo el resto. El fondo del mar nunca tuvo su propia carrera.
¿Entonces qué hemos explorado más?
Depende de cómo se mire. Hemos visto más de Marte que del fondo de nuestros océanos, y muchas más personas han viajado al espacio que al fondo del mar. Sin embargo, el océano es mucho más accesible: millones de barcos lo recorren, miles de científicos lo estudian y lo usamos a diario para comer, comerciar y regular el clima.
Lo que sigue sin explorarse es el fondo, y el objetivo de Seabed 2030 es tenerlo cartografiado íntegramente y con detalle al final de esta década. Al ritmo actual, no va a llegar.
