La contaminación ambiental y sus efectos sobre la salud se han convertido en una de las mayores inquietudes a nivel global en todo el mundo. Aunque en España cada vez se ven más mascarillas antipolución, aún son pocos los que las usan (principalmente ciclistas).
Cada día respiramos cerca de 15.000 litros de aire.
En una sociedad que tiende cada vez más a concentrarse en grandes ciudades, las emisiones contaminantes de vehículos y otros elementos, como las calefacciones y la actividad industrial, hacen que la calidad del aire sea muy mala.
El problema es aún mayor en ciudades como Pekín o Bangkok. Por eso, siempre que viajo por países asiáticos intento llevar una mascarilla antipolución.
A continuación vemos cómo elegir la mascarilla según dónde estés, qué filtra de verdad y —lo más práctico de todo— en qué meses del año la vas a necesitar en cada destino, porque la contaminación en Asia tiene temporada y la diferencia entre ir en marzo o en noviembre es enorme.
Clasificaciones de las mascarillas antipolución
La UNE-EN149 es una normativa europea que clasifica las mascarillas anticontaminación en tres categorías: FFP1, FFP2 y FFP3. Cuanto mayor es el número, mayor es la protección.
FFP1: filtra al menos el 80 % de las partículas. Es el nivel más bajo. Protege de sustancias atóxicas y de partículas de polvo que no llegan a los pulmones. Suelen usarse en la industria alimentaria y en la construcción, y son suficientes para disminuir los síntomas por alergia al polen.
FFP2: filtra al menos el 94 %. Se usan para proteger de polvo, humo y aerosoles nocivos, esas partículas que irritan el sistema respiratorio a corto plazo y que a la larga reducen la elasticidad del tejido pulmonar.
Es la categoría habitual en la industria metalúrgica y la minería, es la que encuentras en cualquier farmacia y es la que te interesa a ti en una ciudad contaminada. Con ella tienes cubierto de sobra el PM2,5, que es el contaminante que más importa.
También hay máscaras FFP2 con una válvula de exhalación que hace más cómodo respirar a través de ellas. Va bien si te mueves en bici o haces deporte al aire libre. Ojo: la válvula deja salir tu aire sin filtrar, así que no sirve para proteger a los demás si estás enfermo.FFP3: filtra al menos el 99 %. Protege de lo más fino del polvo, el humo y los aerosoles, y también de virus, bacterias y hongos. Para contaminación urbana es más de lo que necesitas, y cuesta más respirar con ella.
Si compras por internet también verás que muchas máscaras ponen “N95”, “N99” o similar. Es otra forma de referirse al material del filtro y a sus propiedades de protección.
La letra significa:
- N: no resistente al aceite.
- R: relativamente resistente al aceite.
- P: resistente al aceite o a prueba de aceite.
Lógicamente, esta clasificación solo es importante en entornos en los que pueda haber aceites, ya que en algunos casos pueden reducir la eficacia de los filtros.
La segunda parte, el número, es el porcentaje de partículas que retiene el filtro:
- 95: filtra al menos el 95 %.
- 99: filtra al menos el 99 %.
- 100: filtra al menos el 99,97 %.
Con eso, un filtro N95 no es resistente al aceite y retiene como mínimo el 95 % de las partículas.
Aquí hay un malentendido muy extendido que conviene deshacer, porque se repite en medio internet: ese 95 % no se mide sobre el PM2,5. Se mide sobre partículas de 0,3 micras, que es el tamaño más difícil de atrapar de todos.
Puede sonar raro, pero las partículas más pequeñas que 0,3 micras se capturan mejor, no peor: son tan ligeras que se mueven en zigzag y acaban chocando contra las fibras del filtro. Y las más grandes chocan de frente por pura inercia.
O sea que el ensayo se hace en el peor caso posible. Traducido a lo que te importa: una FFP2 o una N95 rinden por encima de ese 94-95 % con el PM2,5 real de una ciudad, no por debajo.
Y una equivalencia práctica si compras en Asia: la norma china es la KN95, que exige lo mismo que la N95 (95 % a 0,3 micras). Es lo que vas a encontrar en las farmacias de Pekín, Bangkok o Yakarta, y sirve perfectamente. El problema de las KN95 nunca ha sido la norma, sino las falsificaciones: compra en farmacia y no en un puesto de calle.
Si vives en una zona con una alta concentración de PM 2,5 procedentes del petróleo, por ejemplo cerca de una zona industrial, las máscaras N- no serán útiles y tendrás que optar por las P95 o su equivalente para uso industrial, las R95, ya que ambas pueden filtrar el aceite y los contaminantes a base de aceite. Lo malo es que son más caras y que tienen una vida útil más corta (unas 40 horas).
Los filtros PAPR, filtro de aire de alta eficiencia para partículas, o un filtro HEPA son equivalentes a los filtros P100.
Contaminantes
La contaminación de las ciudades está compuesta por muchas partículas y gases diferentes. Los que más riesgo tienen para la salud son: el carbono negro u hollín (con efectos a corto plazo —muertes prematuras por causas cardiovasculares y hospitalizaciones por problemas cardiopulmonares— y a largo plazo); las partículas de menos de 2,5 micras de diámetro, conocidas como PM2,5, que son tan peligrosas porque su tamaño les permite atravesar los alveolos pulmonares y llegar hasta la sangre, por la que se reparten por todo el organismo; y los compuestos orgánicos volátiles, muchos de ellos cancerígenos.
Lo más importante de todo este capítulo, en una frase: una mascarilla filtra partículas, no gases.
Contra el PM2,5 y el hollín funciona muy bien. Contra el dióxido de nitrógeno o el ozono, prácticamente nada, salvo que lleve un cartucho específico de carbón activo para gases (y aun así, de forma limitada y por poco tiempo).
Por eso una FFP2 te sirve para el humo de los incendios y para el aire gris de una ciudad con mucho tráfico, pero no te convierte en inmune en un día de alerta por ozono.
En el siguiente vídeo podemos ver la evolución de la contaminación del aire a lo largo del día en Pamplona.

Algunos de los contaminantes más frecuentes en las ciudades son:
Óxidos de nitrógeno (NOx): este gas está presente principalmente en zonas con mucho tráfico de vehículos debido a su origen relacionado con la quema de combustibles fósiles, principalmente los diésel. Aunque en los últimos 20 años las emisiones de óxidos de nitrógeno de los diésel han disminuido un 90%.
Sus efectos para la salud pueden variar desde irritación de garganta y bronquios hasta un descenso de la defensa inmunológica frente a infecciones respiratorias.
Ozono troposférico (O3): el gran olvidado, y el que más te puede fastidiar un día de verano. No lo emite nadie directamente: se forma cuando el sol cocina los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles del tráfico. Por eso sus picos son en tardes soleadas y calurosas, y curiosamente suele ser peor en las afueras y en el campo que en el centro de la ciudad.
Irrita las vías respiratorias, reduce la función pulmonar y empeora el asma. Y ninguna mascarilla de partículas lo filtra, así que aquí lo único que funciona es no hacer deporte a esas horas.
Monóxido de carbono (CO): un gas producido por una combustión incompleta. En la calle procede sobre todo del tráfico, pero el riesgo serio está en espacios cerrados: braseros, estufas de leña o gas y calentadores mal ventilados. Tampoco lo detiene una mascarilla.
Dióxido de azufre (SO2): uno de los gases más nocivos de la atmósfera. Procede de la quema de combustibles con azufre en centrales eléctricas, industria y, sobre todo, barcos: por eso se nota en ciudades portuarias. En Europa ha caído mucho, pero sigue siendo relevante en partes de Asia.
Dos aclaraciones que casi siempre se cuelan mal en los listados de contaminantes.
El CO2 aparece en todas las listas, pero al aire libre no es un problema para tu salud: es el gas del cambio climático, no un tóxico respiratorio a las concentraciones que hay en la calle. En interiores mal ventilados, con miles de partes por millón, sí da dolor de cabeza y sueño, pero eso se arregla abriendo una ventana, no con una mascarilla.
El metano y los CFC tampoco pintan nada aquí. El metano importa como gas de efecto invernadero, no por lo que respiras en una avenida; y los CFC llevan décadas prohibidos por el Protocolo de Montreal.
Mascarillas anticontaminación
Aquí hay que separar dos categorías que se confunden constantemente, porque la diferencia entre ellas es la diferencia entre protegerte y no protegerte.
Las mascarillas «antipolución» de tela o neopreno, esas de diseño con filtro de carbón activado que se venden como accesorio urbano, son las flojas. Un estudio que midió modelos comerciales de este tipo encontró eficacias que iban del 15 % al 65 % según el modelo, y bastante peores con las partículas más finas —que son justo las que más daño hacen y las que más sueltan los motores—. No son un timo, pero no son lo que la caja promete.
Las FFP2, N95 y KN95 son otra cosa. Están certificadas, se ensayan en el peor tamaño de partícula posible y ahí el 94-95 % es un mínimo garantizado. Si el objetivo es respirar menos PM2,5, la decisión es sencilla: una FFP2 de farmacia protege bastante más que una máscara de tela de 40 euros.
Lo que ninguna de las dos hace es filtrar gases como el NO2 o el ozono, salvo cartuchos específicos. Eso ya lo hemos visto.
Dentro de las reutilizables, la marca más conocida sigue siendo Respro, que lleva fabricando en el Reino Unido más de veinte años y continúa en activo. Su gama alta combina filtro HEPA y filtro DACC de carbón activo, con lo que cubre partículas finas y algo de gases y vapores de combustible. El inconveniente es el de siempre: pasa de los 75 euros y no es fácil de encontrar.
- El filtro de carbón activado es para filtrar gases y vapores de combustibles.
- El filtro HEPA es mejor filtrando el polvo y las micropartículas sólidas.

La Respro Techno o la Respro City son más asequibles y tienen una buena relación calidad-precio-protección. Suelen costar unos 25 euros en Amazon y su filtro DACC va bien para el hollín y los gases del tráfico, aunque no llega al nivel de una FFP2 con las partículas más finas. Es la que tengo yo y no me va mal. Te quita la peste de los coches y se nota que respiras un poco más a gusto.
Luego hay otro modelo que me gusta porque es más discreto y sirve para llevarlo dentro del casco de la moto. Se llama Tucano Urbano, cuesta unos 25 euros en Amazon y aún no lo he probado.
También hay mascarillas de un solo uso como las 3M de PM2.5 que se pueden encontrar a buen precio en AliExpress.
La colocación es importante
Para conseguir la mayor efectividad de la mascarilla de protección es importante que exista un buen sellado entre los bordes y la cara, si falla este sellado, la protección estará comprometida, ya que el aire contaminado puede filtrarse por cualquier abertura. Y sí, la barba dificulta el sellado perfecto…
A continuación, vamos a ver algunos consejos para colocarnos la mascarilla de manera correcta:
- Sujeta la banda superior de la mascarilla sobre la coronilla y asegúrate de que no esté torcida.
- La banda inferior deberá quedar en la nuca. Asegúrate de que no esté torcida.
- Ajusta el clip nasal a la forma de la nariz y las mejillas para un buen sellado.
- Cuando usemos mascarillas plegables, los paneles no deben estar completamente desplegados.
¿Sirven las mascarillas anticontaminación contra las enfermedades?
Este apartado lo escribí en enero de 2020 diciendo que las mascarillas servían sobre todo para no contagiar tú a los demás, y que a quien la lleva le protegían solo un poco. Era lo que se daba por bueno entonces. Lo que vino después dejó claro que esa idea era incompleta, así que conviene actualizarla.
Una FFP2 o una N95 bien ajustada sí protege a quien la lleva, y bastante. La clave está en las dos palabras del final: bien ajustada. El filtro casi nunca es el problema; el problema es el aire que se cuela por los lados.
Y ahí está la diferencia con la mascarilla quirúrgica, esa azul de papel:
- La quirúrgica frena las gotas grandes que sueltas al hablar o toser, y por eso sirve para no contagiar. Pero va suelta por los laterales y no está diseñada para sellar, así que a ti te protege poco. Y contra la contaminación no sirve: no filtra ni PM2,5 ni PM10.
- La FFP2/N95 está diseñada para sellar contra la cara y para filtrar en el peor tamaño de partícula. Protege en las dos direcciones, con una excepción: si lleva válvula de exhalación, tu aire sale sin filtrar y entonces no proteges a los demás.
Dicho esto, tampoco conviene pasarse al otro extremo. La mascarilla no protege los ojos, deja de funcionar en cuanto te la bajas para hablar por teléfono, y muchísima gente la lleva mal puesta. Su mayor riesgo sigue siendo el mismo que en 2020: dar una falsa sensación de seguridad.
Cuándo la necesitas de verdad, según adónde vayas y en qué mes
Esta es la parte práctica, y la que más cambia tu viaje. Porque la contaminación en Asia no es constante: tiene temporada, y en muchos sitios la diferencia entre ir en un mes o en otro es abismal. La misma ciudad que en noviembre se respira bien puede ser irrespirable en marzo.
El norte de Tailandia: de enero a abril
Chiang Mai y todo el norte tailandés viven la llamada temporada de quemas, cuando se queman los restos de las cosechas. Va de enero a abril y toca techo en marzo, con los peores meses entre febrero y abril.
No es una molestia menor: en pleno pico, Chiang Mai llega a colarse entre las diez ciudades más contaminadas del mundo, con índices en la categoría de «peligroso». Si vas en esas fechas, la mascarilla no es opcional. Y si puedes elegir cuándo ir, de noviembre a enero es otra ciudad.
Indonesia, Malasia y Singapur: de agosto a octubre
Aquí el fenómeno se llama haze, y es el humo de los incendios de Sumatra y Borneo durante la estación seca. El humo cruza el estrecho de Malaca y tapa Kuala Lumpur y Singapur.
La temporada de riesgo va de agosto a octubre, con agosto y septiembre como los peores. Varía mucho de un año a otro —depende de la sequía—, así que aquí más que nunca conviene mirar el índice antes de viajar en vez de dar por hecho nada.
Delhi y el norte de la India: octubre y noviembre
El caso más extremo de todos. A la contaminación de fondo se le suma la quema de rastrojos en los estados vecinos, y el resultado es que noviembre es el peor mes del año, con medias de índice por encima de 340, ya en zona «peligrosa».
La quema se concentra en octubre y noviembre y baja mucho en diciembre, pero el humo invernal continúa después: el aire frío y quieto atrapa la contaminación de la propia ciudad. Un invierno en Delhi pide FFP2 sí o sí.
Pekín y el norte de China: el invierno, pero mucho mejor que antes
Aquí toca corregir el tópico. Pekín sigue teniendo su peor aire en invierno, cuando arranca la calefacción, pero la ciudad ha mejorado enormemente respecto a la imagen que quedó de la última década. Ya no es el destino donde la mascarilla se da por descontada.
Sigue mereciendo la pena llevarla en el equipaje de noviembre a marzo, y mirar el índice cada mañana. Pero no esperes lo que viste en las fotos de hace diez años.
La regla rápida para hacer la maleta: si viajas al sudeste asiático o a la India entre octubre y abril, mete un par de FFP2. Ocupan nada y pesan menos.
Si viajas entre mayo y julio, probablemente no las uses —salvo en Indonesia y Malasia, donde el humo empieza justo después—.
Y en cualquier caso, la decisión final la tomas el mismo día mirando el índice en el móvil, que es lo que vemos a continuación.
Consulta la calidad del aire (apps AQI)
Antes de decidir si necesitas mascarilla —o incluso si conviene salir a hacer deporte—, lo más práctico hoy es mirar la calidad del aire en el móvil. Se mide con el índice de calidad del aire (AQI, Air Quality Index), que resume en un número y un color lo sano (o no) que está el aire en ese momento.
Apps y webs útiles:
- IQAir (AirVisual): una de las más conocidas, con datos en tiempo real y previsión por ciudades de todo el mundo.
- Plume Labs (Air Report): previsión de la contaminación hora a hora.
- Muchos móviles y apps del tiempo (como Google) ya muestran también el índice de calidad del aire del lugar.
Con esa información decides mejor: si el AQI está por las nubes en Pekín, Delhi o Bangkok, sacas la FFP2; si está bien, te ahorras la mascarilla.
