Mascarilla antipolución, no te olvides de ella si vas a países del sudeste asiático

Rubén, actualizado a 8 agosto 2026
mascaras antipolucion

La contaminación ambiental y sus efectos sobre la salud se han convertido en una de las mayores inquietudes a nivel global en todo el mundo. Aunque en España cada vez se ven más mascarillas antipolución, todavía son pocos quienes las usan (principalmente ciclistas).

Cada día respiramos cerca de 15.000 litros de aire.

En una sociedad con una tendencia creciente a concentrarse en las grandes ciudades, la calidad del aire es muy mala debido a las emisiones contaminantes de los vehículos y de otros elementos, como la actividad industrial y las calefacciones.

La situación es todavía más grave en ciudades como Pekín o Bangkok. Por este motivo, siempre que viajo por países asiáticos intento llevar una mascarilla antipolución.

Según la Organización Mundial de la Salud, cada año se producen unos 7 millones de muertes en todo el mundo relacionadas con la contaminación atmosférica. La OMS se ha marcado como objetivo reducir a la mitad ese impacto para 2040, lo que salvaría unos tres millones de vidas al año.

A continuación vemos cómo elegir la mascarilla según dónde estés, qué filtra de verdad y —lo más práctico de todo— en qué meses del año la vas a necesitar en cada destino, porque la contaminación en Asia tiene temporada y la diferencia entre ir en marzo o en noviembre es enorme.

Clasificaciones de las mascarillas antipolución

La UNE-EN149 es una normativa europea que divide las mascarillas anticontaminación en tres categorías: FFP1, FFP2 y FFP3. Cuanto más alto es el número, mayor es el nivel de protección.

  • FFP1: filtra al menos el 80 % de las partículas. Es el nivel más bajo. Protege de sustancias atóxicas y de partículas de polvo que no llegan a los pulmones. Suelen usarse en la industria alimentaria y en la construcción, y son suficientes para disminuir los síntomas por alergia al polen.

  • FFP2: filtra al menos el 94 %. Se usan para proteger de polvo, humo y aerosoles nocivos, esas partículas que irritan el sistema respiratorio a corto plazo y que a la larga reducen la elasticidad del tejido pulmonar.

    Es la categoría habitual en la minería y en la industria metalúrgica, la que encuentras en cualquier farmacia y la que te interesa a ti si estás en una ciudad contaminada. Con ella tienes cubierto de sobra el PM2,5, que es el contaminante más importante.

    También hay máscaras FFP2 con una válvula de exhalación que hace más cómodo respirar a través de ellas. Va bien si te mueves en bici o haces deporte al aire libre. Ojo: la válvula deja salir tu aire sin filtrar, así que no sirve para proteger a los demás si estás enfermo.
  • FFP3: filtra al menos el 99 %. Protege de lo más fino del polvo, el humo y los aerosoles, y también de virus, bacterias y hongos. Para contaminación urbana es más de lo que necesitas, y cuesta más respirar con ella.

Si compras por internet, también verás que muchas mascarillas indican “N95”, “N99” o nomenclaturas similares. Se trata de otra forma de referirse al material del filtro y a sus propiedades de protección.

La letra significa:

  • N: no resistente al aceite.
  • R: relativamente resistente al aceite.
  • P: resistente al aceite o a prueba de aceite.

Lógicamente, esta clasificación solo es importante en entornos donde pueda haber aceites, ya que en algunos casos pueden reducir la eficacia de los filtros.

El número, que constituye la segunda parte, representa el porcentaje de partículas que retiene el filtro:

  • 95: filtra al menos el 95 %.
  • 99: filtra al menos el 99 %.
  • 100: filtra al menos el 99,97 %.

Por lo tanto, un filtro N95 no es resistente al aceite y retiene al menos el 95 % de las partículas.

Aquí hay un malentendido muy extendido que conviene deshacer, ya que se repite por medio de internet: ese 95 % no se mide sobre el PM2,5. Se mide sobre partículas de 0,3 micras, que es el tamaño más difícil de atrapar de todos.

Puede parecer extraño, pero las partículas más pequeñas que 0,3 micras se capturan mejor, no peor: son tan ligeras que se mueven en zigzag y acaban chocando contra las fibras del filtro. Por su parte, las más grandes chocan de frente por pura inercia.

Esto significa que la prueba se realiza en el peor escenario posible. Traducido a lo que te interesa: una FFP2 o una N95 rinden por encima de ese 94-95 % con el PM2,5 real de una ciudad, no por debajo.

Y una equivalencia práctica si compras en Asia: la norma china es la KN95, que exige lo mismo que la N95 (95 % a 0,3 micras). Es lo que vas a encontrar en las farmacias de Pekín, Bangkok o Yakarta, y sirve perfectamente. El problema de las KN95 nunca ha sido la norma, sino las falsificaciones: compra en farmacia y no en un puesto de calle.

Si vives en una zona con una alta concentración de PM 2,5 procedentes del petróleo, como ocurre cerca de una zona industrial, las máscaras N- no serán útiles. Tendrás que optar por las P95 o su equivalente para uso industrial, las R95, ya que ambas pueden filtrar el aceite y los contaminantes a base de aceite. Lo malo es que son más caras y tienen una vida útil más corta (unas 40 horas).

Los filtros PAPR (filtro de aire de alta eficiencia para partículas) o un filtro HEPA son equivalentes a los filtros P100.

Contaminantes

La contaminación urbana se compone de diversos gases y partículas. Los que suponen un mayor riesgo para la salud son: el carbono negro u hollín (con efectos a largo plazo y a corto plazo —hospitalizaciones por problemas cardiopulmonares y muertes prematuras por causas cardiovasculares—); las partículas de menos de 2,5 micras de diámetro, conocidas como PM2,5, cuya peligrosidad radica en que su tamaño les permite atravesar los alveolos pulmonares y llegar al torrente sanguíneo, distribuyéndose así por todo el organismo; y los compuestos orgánicos volátiles, muchos de los cuales son cancerígenos.

Lo más importante de todo este capítulo, en una frase: una mascarilla filtra partículas, no gases.

Es muy eficaz contra el hollín y el PM2,5. Sin embargo, contra el ozono o el dióxido de nitrógeno no hace prácticamente nada, a menos que cuente con un cartucho específico de carbón activo para gases (e incluso así, lo hace de forma limitada y durante poco tiempo).

Por eso, una FFP2 es útil contra el humo de los incendios y el aire gris de una ciudad con mucho tráfico, pero no te convierte en inmune en un día de alerta por ozono.

En el siguiente vídeo se puede ver la evolución de la contaminación del aire a lo largo del día en Pamplona.

Reproducir vídeo de YouTube

Algunos de los contaminantes más frecuentes en las ciudades son:

  • Óxidos de nitrógeno (NOx): este gas está presente principalmente en zonas con mucho tráfico de vehículos debido a su origen relacionado con la quema de combustibles fósiles, principalmente los diésel. Aunque en los últimos 20 años las emisiones de óxidos de nitrógeno de los diésel han disminuido un 90%.

    Sus efectos para la salud pueden variar desde irritación de garganta y bronquios hasta un descenso de la defensa inmunológica frente a infecciones respiratorias.

  • Ozono troposférico (O3): el gran olvidado, y el que más te puede fastidiar un día de verano. No lo emite nadie directamente: se forma cuando el sol cocina los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles del tráfico. Por eso sus picos son en tardes soleadas y calurosas, y curiosamente suele ser peor en las afueras y en el campo que en el centro de la ciudad.

    Irrita las vías respiratorias, reduce la función pulmonar y empeora el asma. Y ninguna mascarilla de partículas lo filtra, así que aquí lo único que funciona es no hacer deporte a esas horas.

  • Monóxido de carbono (CO): un gas producido por una combustión incompleta. En la calle procede sobre todo del tráfico, pero el riesgo serio está en espacios cerrados: braseros, estufas de leña o gas y calentadores mal ventilados. Tampoco lo detiene una mascarilla.

  • Dióxido de azufre (SO2): uno de los gases más nocivos de la atmósfera. Procede de la quema de combustibles con azufre en centrales eléctricas, industria y, sobre todo, barcos: por eso se nota en ciudades portuarias. En Europa ha caído mucho, pero sigue siendo relevante en partes de Asia.

Dos aclaraciones que casi siempre aparecen mal en las listas de contaminantes.

El CO2 figura en todas las listas, pero al aire libre no es un problema para tu salud: se trata del gas del cambio climático y no de un tóxico respiratorio a las concentraciones que se encuentran en la calle. En espacios interiores mal ventilados, con miles de partes por millón, sí provoca sueño y dolor de cabeza, pero eso se soluciona abriendo una ventana, no con una mascarilla.

El metano y los CFC tampoco tienen cabida aquí. El metano es relevante como gas de efecto invernadero, no por lo que respiras en una avenida; y los CFC llevan décadas prohibidos por el Protocolo de Montreal.

Mascarillas anticontaminación

Aquí es necesario diferenciar dos categorías que se confunden constantemente, ya que la diferencia entre ellas es la diferencia entre protegerte y no protegerte.

Las mascarillas «antipolución» de tela o neopreno, esos modelos de diseño con filtro de carbón activado que se comercializan como accesorio urbano, son las menos eficaces. Un estudio que midió modelos comerciales de este tipo halló que su eficacia oscilaba entre el 15 % y el 65 % según el modelo, siendo bastante peores con las partículas más finas —que son precisamente las que más daño causan y las que más emiten los motores—. No representan un timo, pero no cumplen lo que promete la caja.

Las FFP2, N95 y KN95 son otra cosa. Están certificadas y se ensayan con el tamaño de partícula más desfavorable, garantizando así un mínimo del 94-95 %. Si el objetivo es respirar menos PM2,5, la decisión es sencilla: una FFP2 de farmacia protege bastante más que una máscara de tela de 40 euros.

Ninguna de las dos filtra gases como el NO2 o el ozono, a menos que se utilicen cartuchos específicos. Eso ya lo hemos visto.

Entre las reutilizables, la marca más conocida sigue siendo Respro, que continúa en activo y lleva fabricando en el Reino Unido más de veinte años. Su gama alta combina un filtro HEPA y un filtro DACC de carbón activo, por lo que cubre partículas finas y algunos gases y vapores de combustible. El inconveniente es el de siempre: supera los 75 euros y no es fácil de encontrar.

  • El filtro de carbón activado es para filtrar gases y vapores de combustibles.
  • El filtro HEPA es mejor filtrando el polvo y las micropartículas sólidas.
mascarilla respro
Mascarilla reutilizable Respro Techno

Los modelos Respro Techno o Respro City son más asequibles y ofrecen una buena relación calidad-precio-protección. Suelen costar unos 25 euros en Amazon y su filtro DACC funciona bien contra el hollín y los gases del tráfico, aunque no alcanza el nivel de una FFP2 con las partículas más finas. Es la que yo utilizo y no me va mal. Elimina el olor de los coches y se nota que se respira un poco más a gusto.

Las mascarillas reutilizables suelen durar unas 100-150 horas de uso. Pasado ese tiempo, el filtro está saturado y hay que cambiarlo, aunque la máscara siga pareciendo nueva.

Hay otro modelo que me gusta por ser más discreto y servir para llevarlo dentro del casco de la moto. Se llama Tucano Urbano, cuesta unos 25 euros en Amazon y aún no lo he probado.

También existen mascarillas desechables, como las 3M de PM2.5, que se pueden encontrar a buen precio en AliExpress.

La colocación es importante

Para conseguir la mayor efectividad de la mascarilla de protección es importante que exista un buen sellado entre los bordes y la cara. Si este sellado falla, la protección estará comprometida, ya que el aire contaminado puede filtrarse por cualquier abertura. Y sí, la barba dificulta el sellado perfecto…

A continuación, presentamos algunos consejos para colocarse la mascarilla correctamente:

  • Sujeta la banda superior de la mascarilla sobre la coronilla y asegúrate de que no esté torcida.
  • La banda inferior deberá quedar en la nuca. Asegúrate de que no esté torcida.
  • Ajusta el clip nasal a la forma de la nariz y las mejillas para un buen sellado.
  • Cuando usemos mascarillas plegables, los paneles no deben estar completamente desplegados.

¿Sirven las mascarillas anticontaminación contra las enfermedades?

Escribí este apartado en enero de 2020 afirmando que las mascarillas servían sobre todo para no contagiar tú a los demás y que protegían solo un poco a quien las llevaba. Eso era lo que se daba por bueno en aquel momento. Lo que ocurrió después dejó claro que esa idea era incompleta, por lo que conviene actualizarla.

Una FFP2 o una N95 bien ajustada sí protege a quien la lleva, y bastante. La clave reside en las dos últimas palabras: bien ajustada. El filtro casi nunca es el problema, sino el aire que se cuela por los laterales.

Y ahí reside la diferencia con la mascarilla quirúrgica, esa azul de papel:

  • La quirúrgica frena las gotas grandes que sueltas al hablar o toser, y por eso sirve para no contagiar. Pero va suelta por los laterales y no está diseñada para sellar, así que a ti te protege poco. Y contra la contaminación no sirve: no filtra ni PM2,5 ni PM10.
  • La FFP2/N95 está diseñada para sellar contra la cara y para filtrar en el peor tamaño de partícula. Protege en las dos direcciones, con una excepción: si lleva válvula de exhalación, tu aire sale sin filtrar y entonces no proteges a los demás.
Un detalle que casi nadie tiene en cuenta y que cambia mucho el resultado es la barba. Con una barba de tres días o más, el sellado se pierde y una FFP2 rinde muy por debajo de lo que indica la caja. No hay truco que lo solucione; si necesitas protección de verdad, hay que afeitarse la zona de contacto.

Aun así, tampoco conviene pasarse al extremo opuesto. La mascarilla no protege los ojos, deja de funcionar en el momento en que te la bajas para hablar por teléfono y muchísima gente la lleva mal puesta. Su mayor riesgo sigue siendo el mismo que en 2020: dar una falsa sensación de seguridad.

Cuándo la necesitas de verdad, según adónde vayas y en qué mes

Esta es la parte práctica y la que más influye en tu viaje. La contaminación en Asia no es constante, sino que tiene temporada, y en muchos lugares la diferencia entre viajar en un mes u otro es abismal. Una misma ciudad que en noviembre se respira bien puede ser irrespirable en marzo.

El norte de Tailandia: de enero a abril

Chiang Mai y todo el norte de Tailandia atraviesan la llamada temporada de quemas, periodo en el que se queman los restos de las cosechas. Esta etapa va de enero a abril y toca techo en marzo, siendo los peores meses aquellos comprendidos entre febrero y abril.

No se trata de una molestia menor: en el momento del pico, Chiang Mai llega a situarse entre las diez ciudades más contaminadas del mundo, con índices en la categoría de «peligroso». Si viajas en esas fechas, la mascarilla no es opcional. Y si puedes elegir el momento del viaje, de noviembre a enero la ciudad es otra.

Indonesia, Malasia y Singapur: de agosto a octubre

Aquí el fenómeno se llama haze y consiste en el humo procedente de los incendios de Sumatra y Borneo durante la estación seca. Este humo cruza el estrecho de Malaca y cubre Kuala Lumpur y Singapur.

El periodo de riesgo se extiende de agosto a octubre, siendo agosto y septiembre los meses más críticos. Esto varía mucho de un año a otro —ya que depende de la sequía—, por lo que aquí conviene más que nunca consultar el índice antes de viajar en lugar de dar cualquier cosa por sentada.

Delhi y el norte de la India: octubre y noviembre

Este es el caso más extremo de todos. A la contaminación de fondo se suma la quema de rastrojos en los estados vecinos y el resultado es que noviembre es el peor mes del año, con medias de índice superiores a 340, situándose ya en la zona «peligrosa».

Las quemas se concentran en octubre y noviembre y disminuyen mucho en diciembre, pero el humo invernal continúa después: el aire frío y estancado atrapa la contaminación de la propia ciudad. Pasar el invierno en Delhi requiere FFP2 sí o sí.

Pekín y el norte de China: el invierno, pero mucho mejor que antes

Es momento de desmentir el tópico. Pekín sigue teniendo la peor calidad del aire en invierno, cuando comienza el uso de la calefacción, pero la ciudad ha mejorado muchísimo en comparación con la imagen de la última década. Ya no es ese destino donde se da por hecho que habrá que llevar mascarilla.

Sigue mereciendo la pena llevarla en el equipaje de noviembre a marzo y mirar el índice cada mañana. Pero no esperes lo que viste en las fotos de hace diez años.

La regla rápida para hacer la maleta: si viajas al sudeste asiático o a la India entre octubre y abril, mete un par de FFP2. No ocupan nada y pesan muy poco.

Si viajas entre mayo y julio, probablemente no las uses, salvo en Indonesia y Malasia, donde el humo empieza justo después.

En cualquier caso, la decisión final la tomas el mismo día consultando el índice en el móvil, que es lo que vemos a continuación.

Consulta la calidad del aire (apps AQI)

Antes de decidir si necesitas mascarilla —o incluso si conviene salir a hacer deporte—, lo más práctico hoy en día es mirar la calidad del aire en el móvil. Esta se mide a través del índice de calidad del aire (AQI, Air Quality Index), que resume mediante un número y un color el estado de salud del aire en ese momento.

Apps y webs útiles:

  • IQAir (AirVisual): una de las más conocidas, con datos en tiempo real y previsión por ciudades de todo el mundo.
  • Plume Labs (Air Report): previsión de la contaminación hora a hora.
  • Muchos móviles y apps del tiempo (como Google) ya muestran también el índice de calidad del aire del lugar.

Con esa información decides mejor: si el AQI está por las nubes en Pekín, Delhi o Bangkok, sacas la FFP2; si está bien, te ahorras la mascarilla.