Según la tradición, Roma se fundó el 21 de abril del 753 a. C. a manos de Rómulo, uno de los dos gemelos amamantados por una loba. Los romanos celebraban ese día como el cumpleaños de la ciudad —el Natalis Urbis—, y en Roma se sigue celebrando.
Nadie fijó esa fecha tan precisa en el siglo VIII a. C.: la calculó el erudito Marco Terencio Varrón unos setecientos años más tarde, realizando el cómputo hacia atrás basándose en las listas de reyes. Se trata de una fecha convencional, no de un dato.
Y la arqueología dice que Roma es más vieja que su propia leyenda. En las excavaciones del Palatino —la colina donde el mito sitúa la fundación— se han encontrado restos de cabañas y enterramientos del siglo X a. C., unos doscientos años antes de la fecha de Varrón.
En otras palabras, no existió un día concreto de fundación. Lo que hubo fueron aldeas de pastores en las colinas junto al Tíber que, durante siglos, crecieron y se fueron uniendo hasta formar una ciudad. La historia de los gemelos surgió posteriormente para dotar a esa ciudad de un origen a la altura de lo que llegó a ser.
La leyenda
Todo comienza en Alba Longa, una ciudad situada río arriba. Su rey, Numitor, es destronado por su hermano Amulio, quien, para asegurarse de que nadie le dispute el trono, mata a todos los herederos varones y obliga a la hija de Numitor, Rea Silvia, a convertirse en virgen vestal: un sacerdocio con un voto de castidad obligatorio durante treinta años.
El plan falla porque interviene un dios. Marte, el dios de la guerra, deja embarazada a Rea Silvia, quien da a luz a los gemelos Rómulo y Remo. Amulio la encarcela y ordena que ahoguen a los niños en el Tíber.
El sirviente encargado de la tarea no se atreve y los deja en una cesta a merced de la corriente. La cesta encalla al pie del Palatino, bajo una higuera. Allí los encuentra una loba, que los amamanta en su cueva —el Lupercal— hasta que un pastor, Fáustulo, se los lleva a su casa y los cría con su mujer.
Y entonces Rómulo mata a Remo
Cuando ya son adultos, los gemelos derrocan a Amulio y le devuelven el trono a su abuelo. Después deciden fundar su propia ciudad, y ahí surge el problema: no se ponen de acuerdo sobre dónde. Rómulo quiere el Palatino; Remo, el Aventino.
Deciden resolverlo consultando a los dioses mediante el vuelo de las aves, y cada uno interpreta que ha ganado él. Rómulo empieza a trazar el surco que marcará la muralla, y Remo lo cruza de un salto para burlarse de lo bajo que es. Rómulo lo mata allí mismo, con una frase que Tito Livio recoge así: «Así muera cualquiera que salte mis murallas».
La ciudad se llamó Roma por él.
Cómo creció Roma
La pequeña ciudad asentada junto al río pronto se convirtió en un centro de comercio. Su ubicación, muy accesible, facilitaba a los mercaderes el transporte de sus mercancías. A medida que el comercio se intensificaba, Roma se hizo más fuerte y acabó adoptando influencias griegas, que sirvieron de base para su arquitectura, alfabetización y religión.
Roma pasó de ser una aldea junto al Tíber a una ciudad de verdad entre los siglos VIII y VI a. C. Sin embargo, fue a través de la guerra como se convirtió en una superpotencia del mundo antiguo. Al ganar batallas, Roma llegó a dominar la región y, a lo largo de ocho siglos, fue adquiriendo más riqueza y poder hasta convertirse en un vasto imperio.
El final de la República Romana marcó el auge del Imperio Romano, el cual alcanzó su punto álgido en el año 117 d. C. Dominaron zonas de toda Europa, llegando hasta Inglaterra y hasta Egipto. La fuerza militar de los romanos les permitió conquistar tierras alrededor del mar Mediterráneo.
La caída de Roma
Se cree que fueron muchos los factores que provocaron la caída del legendario imperio antiguo. Algunos historiadores creen que el declive de Roma comenzó con una serie de pérdidas militares a manos de las tribus bárbaras. Estas terminaron invadiendo las fronteras del imperio y abriéndose paso hasta que, en el año 410, el rey visigodo Alarico saqueó Roma —no la destruyó, pero fue la primera vez en ocho siglos que un ejército extranjero entraba en la ciudad, y el golpe psicológico fue enorme—. Otro ataque, en esta ocasión de los vándalos, debilitó aún más el poder de Roma en 455. En el 476, el caudillo germano Odoacro depuso al último emperador de Occidente y no nombró sucesor, por lo que el Imperio romano de Occidente dejó de existir. El detalle que parece inventado y no lo es: aquel último emperador se llamaba Rómulo Augústulo. El imperio empezó y acabó con un Rómulo.
(El Imperio romano de Oriente, en cambio, se mantuvo en pie desde Constantinopla otros mil años, hasta 1453).
Hay quienes creen que el imperio simplemente se extendió demasiado. Su territorio abarcaba muchas partes del mundo y finalmente resultó demasiado difícil de gobernar. Los años de guerras también agotaron las arcas del imperio. Los esfuerzos por conquistar más tierras o defender los territorios existentes se volvieron insostenibles. Además, debido al tamaño de Roma, el gobierno acabó siendo difícil de controlar y supervisar. La corrupción y la continua agitación política hicieron que los ciudadanos perdieran la confianza en el gobierno.
Hay quienes creen que el ascenso y la difusión del cristianismo, junto con otros factores, pueden haber causado la desaparición del imperio. Algunos sostienen que el cristianismo no solo sustituyó a la religión romana, sino también a todas las demás tradiciones y sistemas de valores romanos. El poder político fue poco a poco arrebatado al propio Estado y colocado en los Papas y otros líderes de la Iglesia. El cristianismo se convirtió en la religión del Estado en el año 380. Sin embargo, esta teoría es muy criticada por los historiadores y teóricos que creen que el cristianismo jugó un papel minúsculo en la caída de Roma. Consideran que fue una mezcla catastrófica de pérdidas militares, corrupción gubernamental, agitación política y crisis económica lo que finalmente provocó la caída del poderoso imperio.
