Las casas antipiratas de Icaria, la isla que se escondía

Rubén, actualizado a 10 julio 2026
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Ante la amenaza constante de los piratas, los habitantes de Icaria tomaron una decisión insólita: trasladaron sus casas a lo alto de las montañas para que, vista desde el mar, la isla pareciera completamente abandonada.

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Cuando navegaba hacia Icaria, en el norte del mar Egeo, me llamó la atención que las luces de las casas no se concentraran junto a la costa, como en la mayoría de las islas griegas, sino que aparecieran dispersas por las montañas del interior. Sus escarpados picos se alzan de golpe desde una estrecha franja de costa rocosa, y no pude evitar preguntarme por qué sus habitantes se complicaban tanto la vida viviendo en laderas tan abruptas, lejos de los terrenos llanos cercanos al mar.

Pronto descubrí la respuesta: durante siglos, los isleños libraron una batalla silenciosa contra los piratas del Egeo y la ganaron de la forma más ingeniosa posible, desapareciendo.

El mar, bendición y maldición de Icaria

El mar fue, al mismo tiempo, la mayor fortuna y la peor desgracia de Icaria. Gracias a él, la isla dio a conocer su excelente y potente vino pramnio, que comercializaba por toda la antigua Grecia junto con sus aceitunas y su miel. Pero ese mismo mar trajo también a los piratas, atraídos por los codiciados productos de la isla y por la prosperidad que generaban.

El vino pramnio que dio fama a Icaria ya aparecía en la Ilíada y la Odisea: Homero lo describe mezclado con queso rallado y harina de cebada. La propia isla debe su nombre a la mitología, pues, según la leyenda, fue aquí donde cayó al mar Ícaro tras derretirse la cera de sus alas.

Icaria no fue la única isla griega asediada por los piratas, pero arrastraba una complicación añadida: un incesante relevo de gobernantes. El Imperio persa, la Liga de Delos, los romanos, el Imperio bizantino, la República de Génova y los Caballeros de San Juan ejercieron distintos grados de dominio sobre la isla entre el 500 a.C. y el 1521, año en que Icaria pasó a manos del Imperio otomano, bajo el que permanecería durante más de tres siglos.

Por su posición geográfica, la isla fue siempre un puesto fronterizo del territorio al que pertenecía. Los periodos recurrentes de inestabilidad, sumados a unas costas mal vigiladas, resultaron el caldo de cultivo perfecto para la piratería.

Aunque el primer registro de piratas en Icaria data del siglo I a.C., la amenaza se volvió prácticamente incontrolable durante la dominación romana (desde finales del siglo III a.C. hasta el siglo V d.C.) y la bizantina (del siglo V al XII d.C.). Más tarde, tras la llegada de los genoveses en el siglo XIV, los isleños llegaron a destruir sus propios puertos para desalentar a los invasores. Ni siquiera eso fue suficiente.

Un pueblo que se volvió invisible

Sin medios para repeler a sus agresores, los isleños optaron por el engaño. Se retiraron a lo más profundo de su interior montañoso e hicieron todo lo posible por convencer a quien pasara por allí de que Icaria estaba desierta, levantando comunidades prácticamente invisibles, al menos en los tiempos anteriores a la electricidad. Es ese elaborado y audaz acto de desaparición, mantenido durante siglos, lo que me había llevado hasta la isla.

Conocí a Eleni Mazari en su oficina del puerto de Evdilos, en la costa norte. Mazari dirige una inmobiliaria, pero la pared de la entrada delataba su otra gran pasión: la historia de Icaria. Las estanterías estaban repletas de maquetas de las viviendas que los isleños en retirada decidieron construir, conocidas popularmente como “casas antipiratas”.

“Era justo lo contrario del tipo de construcción que la mayoría de la gente asocia con Grecia”, explica Mazari, que lleva años fascinada por estas casas, fotografiándolas y reuniendo toda la bibliografía disponible sobre ellas. “La época de los grandes templos había terminado. Los icarios construían casas pensadas para que nadie las viera, y para lograrlo tenían que adentrarse en lo más alto del monte, donde no pudieran divisarse desde el mar. Desde los tiempos de los romanos había habido muchas ocasiones en las que tuvieron que esconderse temporalmente de los invasores en las montañas, así que siempre tenían presente esa posibilidad, por si hacía falta”.

Fue la incorporación al Imperio otomano lo que convenció a los icarios de abandonar la costa por completo y trasladarse a los riscos. Los otomanos gobernaron Icaria con dejadez y permitieron que la piratería se extendiera como forma de entorpecer y desalentar el comercio marítimo de otros estados. Ante semejante amenaza, las opciones de los isleños eran limitadas: plantar cara, con los escasos medios a su alcance, hasta una muerte casi segura; abandonar la isla en busca de costas más seguras; o refugiarse en la seguridad de las montañas.

Esta vez, sin embargo, el traslado sería definitivo. Los isleños ocultarían su sociedad en lo más alto y rocoso de la cordillera del Atheras durante los tres siglos siguientes. Aquel periodo se bautizó como “piratiki epochi” (la era de los piratas), y sus primeros años pasaron a la historia como el “siglo de la oscuridad”.

Cómo eran las casas antipiratas

Estas viviendas, bajas y agazapadas, aprovechaban los elementos naturales del terreno: rocas, salientes de los acantilados y matorrales. Los grandes peñascos, repartidos por las laderas altas de las montañas, formaban a menudo buena parte de las paredes y del techo, mientras que el resto se levantaba con muros de piedra seca. El interior era de lo más sencillo, apenas una puerta y un hogar, ya que los isleños pasaban la mayor parte del tiempo al aire libre.

Era una sociedad completamente autosuficiente. En las estrechas terrazas ganadas a la ladera cultivaban vid y aceitunas, criaban cabras y elaboraban miel; incluso llegaron a tener su propio juzgado. “Los icarios siempre han estado acostumbrados a crear algo a partir de muy poco”, cuenta Mazari. “Por eso, lo que para un extraño podía parecer una tierra montañosa e inhabitable no lo era para nuestros antepasados. Si sus casas seguían siendo invisibles para los piratas, valía la pena instalarse allí”.

Lagkada, el refugio en las alturas

Mientras recorría la costa norte de la isla y contemplaba lo que los lugareños llaman con cariño el “salvaje oeste” de Icaria, pensé que aquel interior escarpado sería difícil de habitar incluso hoy. El terreno era árido, rocoso y casi desértico; las laderas se precipitaban al mar de forma tan brusca que apenas quedaba suelo llano donde levantar una casa o por donde hacer serpentear una carretera.

Mi destino era Lagkada, el lugar al que se retiraron muchos icarios. Este refugio de las tierras altas ocupa un espacio sagrado en el corazón de los isleños: sin él, la población probablemente se habría extinguido. El camino era demasiado empinado y accidentado para intentar subir en coche, así que ascendí a pie por una ruta que serpenteaba de forma vertiginosa entre las rocas hasta desembocar en un valle frondoso que jamás habría podido intuirse desde abajo.

Allí, sin un solo cartel que lo señalara y oculta tras olivares y rocas de formas imposibles, se escondía la cuna de la civilización antipirata de Icaria.

Aun sabiendo que a mi alrededor había numerosas casas antipiratas, recorrí el valle de arriba abajo durante horas sin dar con ninguna. Solo en una última exploración desde lo alto distinguí una abertura en una roca, demasiado angulosa para ser natural: acababa de encontrar la antigua cárcel de la comunidad.

Aquel esfuerzo —no hay paneles informativos ni visitas guiadas— me hizo valorar la pericia de unos isleños capaces de construir viviendas que se funden por completo con el paisaje. La vida debió de ser dura para ellos, siempre bajo la amenaza de un ataque y sabiendo que camuflarse en aquel terreno hostil era su única defensa.

El ingenio del camuflaje y su huella en la isla

Mi siguiente parada me llevó aún más al interior, hasta la bodega de la familia Afianes. Además de elaborar algunos de los mejores vinos de Icaria, su propietario, Nikos, y su hija, Eftychia, son reconocidos expertos en la historia de la isla, y habían accedido a enseñarme la casa antipirata que conservan en su propiedad.

“En Icaria no nos faltan rocas”, sonríe Eftychia, y explica que eran precisamente las rocas las que determinaban la ubicación y el aspecto de la mayoría de las casas. “La roca daba forma a la vivienda en la medida en que su contorno lo permitía: una o dos paredes y, si tenía un saliente, también el techo. Cuando el terreno era demasiado escarpado para conseguir una parcela llana, algo muy habitual, la gente se afanaba en arrancar piedras de la tierra para crear terrazas niveladas”.

Además, añade, la casa se levantaba siempre por detrás de la roca, en el lado de tierra, para que no pudiera verse desde el mar. “Y como los peñascos apropiados estaban muy dispersos, también lo estaban las comunidades, así que había menos posibilidades de que los descubrieran a todos si los piratas asaltaban la isla”.

Entramos en su casa antipirata, hoy convertida en almacén de vino. Las gruesas paredes, explica Nikos, mantenían el interior fresco durante los tórridos veranos y conservaban el calor en invierno.

Los isleños se esforzaban aún más por que sus asentamientos resultaran invisibles. “La estructura era baja, de una sola planta, y nunca superaba la altura del peñasco”, detalla Eftychia. Las casas se construían sin chimenea para evitar las columnas de humo: mientras usaban el hogar, retiraban una piedra suelta a cada lado de los muros levantados sin argamasa, de modo que el humo se disipara sin llamar la atención. La gente solo hacía vida social de noche y, según Mazari, en la era de los piratas apenas tenían perros, por miedo a que sus ladridos alertaran a los invasores.

Puede que las casas antipiratas nacieran como refugios de emergencia, pero dejaron una huella duradera en la sociedad icaria, mucho después de que los buques de guerra enviados por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Rusia acabaran con la piratería en el Egeo durante la década de 1820. La tendencia de los pueblos a mantenerse dispersos por la montaña, o la costumbre de los isleños de disfrutar de la noche, se atribuyen todavía a aquella época. Incluso perduran lugares de culto construidos al estilo antipirata, como la capilla de Theoskepasti, encajada de forma espectacular bajo un saliente rocoso cerca de Evdilos.

En cuanto a Lagkada, aunque el que fuera el corazón de la vida durante la era pirata parezca hoy abandonado, no lo está del todo.

“Todavía queda al menos un hombre que vive allí de forma permanente”, cuenta Nikos. “Su familia nunca se marchó. La mayoría solo lo vemos cuando subimos al panigyri [la fiesta popular] de Lagkada, que él mismo organiza. El resto del año debe de estar rodeado de fantasmas”.