«Force Ouvrière, el sindicato inventado por la CIA.» Si has participado alguna vez en una manifestación en Francia, es muy posible que hayas escuchado esta frase murmurada al paso de las banderas de F.O. Se ha repetido tantas veces en la izquierda francesa que casi ha dejado de sonar a acusación para convertirse en un lugar común.
Pero ¿qué hay de cierto en ella? La historia real es más matizada —y, en cierto modo, más interesante— que el eslogan. Está bien documentado que, en los primeros años de la Guerra Fría, el sindicalismo estadounidense y, tras él, la CIA canalizaron fondos hacia sindicatos no comunistas en Francia e Italia. También es cierto que Force Ouvrière nació en 1948 de una escisión de la CGT y que recibió apoyo estadounidense. Lo más discutible es hasta qué punto ese dinero «inventó» un sindicato que, en realidad, hundía sus raíces en una vieja corriente reformista y anticomunista del sindicalismo francés.
En las páginas siguientes repasamos, con los documentos desclasificados y las confesiones de sus propios protagonistas sobre la mesa, qué sabemos de verdad sobre el papel de Irving Brown, la AFL y la CIA en el nacimiento de Force Ouvrière.
El contexto, la CGT y la Guerra Fría
Para entender la escisión de 1948 hay que remontarse a la Francia de la posguerra. Tras la Liberación, el país vivió un periodo de reformas sociales sin precedentes impulsadas por el Consejo Nacional de la Resistencia (CNR): la creación de la Seguridad Social —asociada al ministro comunista Ambroise Croizat—, un amplio programa de nacionalizaciones y la expansión de los servicios públicos.
En ese contexto, la Confédération générale du travail (CGT) era la gran central sindical francesa, con varios millones de afiliados. Su dirección estaba fuertemente influida por el Partido Comunista Francés (PCF), entonces en la cúspide de su prestigio gracias a su papel en la Resistencia.
El equilibrio se rompió en 1947. En mayo, los ministros comunistas fueron expulsados del Gobierno de Paul Ramadier; poco después se consolidaba la Guerra Fría y, en otoño, una dura oleada de huelgas sacudió Francia. Dentro de la CGT, una minoría reformista y anticomunista —agrupada en torno a Léon Jouhaux y a la tendencia y el periódico «Force ouvrière», nacidos en 1947— se sentía cada vez más incómoda bajo el control comunista. La ruptura estaba servida.
Irving Brown y el sindicalismo estadounidense en Europa
Aquí entra en escena Irving Brown (1911-1989), un sindicalista estadounidense nacido en el Bronx neoyorquino que se convertiría en una figura clave —y polémica— de la Guerra Fría sindical. Durante la Segunda Guerra Mundial había colaborado con la OSS, el servicio de inteligencia antecesor de la CIA. En octubre de 1945 se instaló en París como representante en Europa del Free Trade Union Committee (FTUC), el comité de la American Federation of Labor (AFL) dirigido por Jay Lovestone.
Su misión era explícita: frenar la influencia comunista en los sindicatos de Europa occidental. Para ello, Brown apoyó a los sindicalistas disidentes de la CGT —entre ellos Léon Jouhaux y Robert Bothereau— con contactos, logística y dinero.
¿Era Brown un agente de la CIA? La respuesta habitual es que sí, pero conviene matizarla. Según el historiador Hugh Wilford, autor de un estudio de referencia sobre las operaciones encubiertas estadounidenses (The Mighty Wurlitzer), Brown «actuó más o menos por iniciativa propia» al proporcionar apoyo estadounidense a los sindicatos «libres», moviéndose en una zona gris entre el sindicalismo de la AFL y los fondos de la inteligencia. En cualquier caso, su papel como enlace entre Washington y el anticomunismo sindical europeo está ampliamente documentado.
La escisión de 1948 y el nacimiento de Force Ouvrière
Los acontecimientos se precipitaron a finales de 1947. Los días 18 y 19 de diciembre, Léon Jouhaux y varios secretarios confederales abandonaron el buró de la CGT. Meses después, entre el 12 y el 13 de abril de 1948, se celebró en París el congreso constitutivo de la nueva central: había nacido la CGT-Force ouvrière, que con el tiempo se conocería simplemente como Force Ouvrière (FO).
En su fundación, FO recibió apoyo logístico y financiero de sindicatos belgas y alemanes y, sobre todo, de la AFL estadounidense a través del FTUC de Lovestone y Brown. Entre sus dirigentes destacarían Robert Bothereau y, más adelante, André Bergeron, secretario general durante más de dos décadas. El propio Jouhaux, figura tutelar del nuevo sindicato, recibiría en 1951 el Premio Nobel de la Paz.
Force Ouvrière reivindicaba un sindicalismo «independiente», ajeno tanto a la patronal como a los partidos —y, muy especialmente, al PCF—. Sus críticos, en cambio, vieron en la escisión una maniobra para dividir y debilitar a la todopoderosa CGT en plena Guerra Fría.
Lo que dicen los documentos y las confesiones
¿En qué se apoya, entonces, la acusación? No en simples rumores, sino en confesiones de los propios protagonistas y en la investigación histórica.
La pieza más citada es un artículo del exalto cargo de la CIA Thomas Braden, publicado en el Saturday Evening Post el 20 de mayo de 1967 con un título provocador: «I’m Glad the CIA Is ‘Immoral’» («Me alegro de que la CIA sea “inmoral”»). En él, Braden escribió que Lovestone y Brown organizaron Force Ouvrière con fondos del sindicato del textil de David Dubinsky y que, cuando se quedaron sin dinero, recurrieron a la CIA: así comenzó, según su relato, la subvención secreta de sindicatos «libres».
Ahora bien, conviene leer estas confesiones con cierta perspectiva. Las cifras conocidas apuntan a un proceso gradual más que a una operación fulminante: los mayores desembolsos de la CIA a Brown y Lovestone —del orden de un millón de dólares anuales— corresponden a los años 1951-1954, es decir, después de la fundación de FO, no antes. Las sumas que llegaron al sindicato en el momento de la escisión fueron, según algunas evaluaciones, bastante más modestas.
Del lado historiográfico, la investigadora francesa Annie Lacroix-Riz ha defendido con abundante documentación la tesis de una intervención decisiva del sindicalismo estadounidense y de la patronal en la división del movimiento obrero francés. Es una autora rigurosa en el manejo de archivos, aunque también polémica y de posiciones marcadamente marxistas, por lo que sus conclusiones suelen citarse como parte del debate, no como veredicto cerrado. En esa misma línea circula una declaración atribuida al dirigente de la AFL George Meany, quien en los años cincuenta se habría jactado de haber financiado la escisión de la CGT; la cita es popular en las fuentes de izquierda, pero más difícil de verificar de forma independiente.
¿«Inventado por la CIA»? Los matices de una acusación
¿Podemos concluir, entonces, que Force Ouvrière fue «inventado por la CIA»? La fórmula es pegadiza, pero simplifica en exceso.
Por un lado, lo que está documentado es sólido: el sindicalismo estadounidense y, tras él, la CIA canalizaron dinero hacia sindicatos no comunistas franceses e italianos, y FO fue uno de los beneficiarios. Sus propios impulsores en Washington lo admitieron años después.
Por otro lado, la escisión de 1948 tenía raíces francesas muy reales. Existía desde antes una corriente reformista y anticomunista dentro de la CGT, heredera de una vieja tradición del sindicalismo francés —la del apoliticismo de la Carta de Amiens de 1906—, y el detonante inmediato fue el choque interno de 1947 en plena Guerra Fría. El dinero estadounidense ayudó a financiar y a acelerar la ruptura, pero no creó de la nada un sindicato que ya contaba con dirigentes, afiliados y una identidad propia.
La propia Force Ouvrière rechaza, como es lógico, la etiqueta de «sindicato de la CIA» y reivindica su independencia. Los historiadores, por su parte, coinciden en que hubo financiación estadounidense, pero discrepan sobre hasta qué punto resultó decisiva.
En resumen, ni una simple leyenda de barra de bar ni una verdad absoluta. La frase «el sindicato inventado por la CIA» condensa un hecho real —la injerencia estadounidense en el sindicalismo europeo de la Guerra Fría— envuelto en la exageración de un eslogan militante.
