Indiana es un estado de Estados Unidos que se encuentra, como dice su lema, en “la encrucijada de América”. Limita al norte con el lago Michigan y el estado de Michigan, al este con Ohio, al sur con Kentucky y al oeste con Illinois, lo que lo convierte en una pieza clave del Medio Oeste estadounidense.

Ocupa el puesto 38 entre los 50 estados en superficie total y, con la excepción de Hawái, es el más pequeño al oeste de los montes Apalaches. Su nombre suele traducirse como “tierra de los indios”, e Indiana fue admitida el 11 de diciembre de 1816 como el 19.º estado de la Unión. Su capital es Indianápolis desde 1825.
Aunque Indiana forma parte históricamente del Norte, muchas zonas del estado tienen un carácter muy parecido al del Sur, algo que se refleja en algunas de sus leyes más pintorescas.
Con esos ingredientes no sorprende que Indiana aparezca una y otra vez en las listas de “leyes extrañas” que circulan por internet. Ahora bien, conviene tomárselas con cierta cautela: muchas de esas normas son leyendas urbanas sin respaldo en el código legal vigente, otras son reliquias del siglo XIX que hace tiempo dejaron de aplicarse, y unas pocas esconden una historia real y sorprendente. Vamos a repasarlas separando el mito del hecho.
Las leyes más raras que se atribuyen a Indiana
Antes de empezar, un aviso: casi ninguna de estas “leyes” cita el artículo del código de Indiana que supuestamente la recoge. La mayoría se copian de una lista a otra sin que nadie las verifique, así que es mejor tratarlas como folclore que como derecho vigente. Dicho esto, no por ello dejan de tener su gracia.
Montar en bici sin ir sentado
Esta es de las pocas que sí tiene una base real. El Código de Indiana 9-21-11-3 regula cómo se debe circular en bicicleta:
El objetivo evidente de la norma es impedir que lleves a alguien encaramado al manillar o al guardabarros. Pero, leída de forma muy literal, parece exigir que vayas siempre sentado mientras la bici está en marcha… lo que convertiría en infracción el simple gesto de levantarte del sillín para pedalear cuesta arriba. Nadie ha recibido jamás una multa por ponerse de pie sobre los pedales, pero la letra pequeña da para bromear.
No puedes adelantar a un caballo
Otra de las clásicas: en las carreteras de Indiana el caballo tendría preferencia y estaría prohibido adelantarlo. La idea de fondo —no asustar a un animal que puede desbocarse— tenía todo el sentido en la época de los carruajes, aunque hoy no figura como tal en el código. Eso sí, ceder el paso a un jinete sigue siendo de buena educación.
Prohibido escupir en la acera y hablar mal de los demás
Dos normas muy propias de la moral decimonónica que a menudo van juntas en estas listas: no se podía escupir en la acera ni dedicarse a los “chismes malintencionados” o a hablar a espaldas de alguien. Si de verdad se aplicaran hoy, media población acabaría con una citación bajo el brazo cada mañana.
Bigote sí, besos también… pero no las dos cosas
Una de las más repetidas y, a la vez, de las menos comprobables: llevar bigote sería ilegal para quien tenga la costumbre de besar habitualmente a otras personas. Traducido: puedes besar a quien quieras o lucir bigote, pero no ambas cosas a la vez. Buscando en el código de Indiana no aparece rastro de semejante norma, así que casi con seguridad estamos ante una leyenda urbana de manual.
No se puede pescar con las manos
Nada de meter las manos en el agua y sacar la trucha al vuelo: habría que hacerlo “a la antigua”, con caña. Es otra de esas prohibiciones que circulan sin cita legal y que, con toda probabilidad, pertenece más al terreno del mito que al del boletín oficial.
Peatones sin luces traseras
Según esta ley, los peatones que cruzan una autopista de noche tienen prohibido llevar luces traseras. La lógica se te escapa por completo —lo razonable sería justo lo contrario—, lo que refuerza la sospecha de que se trata de otra invención que ha ido pasando de lista en lista.
Trabajar en las carreteras seis días al año
Se dice que todos los varones de entre 18 y 50 años estaban obligados a trabajar seis días al año en el mantenimiento de las vías públicas. En este caso hay un poso de verdad: en el siglo XIX muchos estados, Indiana incluido, recurrían a este tipo de prestación personal de trabajo para mantener los caminos, ya que apenas había dinero para pagar cuadrillas. La práctica desapareció hace más de un siglo, sustituida por los impuestos.
Multas por blasfemar y por los titiriteros
Del mismo cajón de leyes antiguas salen dos multas muy concretas:
- Quien tuviera 14 años o más y maldijera en nombre de Dios, de Jesucristo o del Espíritu Santo debía pagar de uno a tres dólares por cada blasfemia, hasta un máximo de diez dólares al día.
- Montar un espectáculo de marionetas, un número de funambulismo o un acto de acrobacias cobrando entrada acarreaba una multa de tres dólares, en virtud de una vieja “ley para prevenir ciertas prácticas inmorales”.
Ambas responden a la mentalidad puritana del siglo XIX, cuando el entretenimiento ambulante y las palabrotas se veían con recelo. Como tantas otras, hace mucho que no se aplican, pero ilustran de dónde viene la fama “rarita” de la legislación del estado.
El día que Indiana intentó cambiar el valor del número pi
Si de todo el catálogo de rarezas legales de Indiana hay una que sí ocurrió de verdad y está perfectamente documentada, es la del “Indiana Pi Bill” de 1897: el día que el estado estuvo a punto de decidir por ley que el número pi valía 3,2.
Todo empezó con Edward J. Goodwin, un médico aficionado a las matemáticas que en 1894 creyó haber resuelto uno de los grandes problemas clásicos de la geometría: la cuadratura del círculo, es decir, construir con regla y compás un cuadrado con la misma superficie que un círculo dado. El problema es que ese reto es imposible, algo que las matemáticas habían demostrado años antes. Aun así, Goodwin estaba convencido de su hallazgo y, de paso, su “método” implicaba que pi ya no era 3,14159…, sino un redondo 3,2.
Goodwin ofreció su descubrimiento al estado de forma “gratuita” (a cambio de que reconocieran su autoría) y convenció a un representante para que lo llevara a la Asamblea General de Indiana. Como ningún legislador entendía muy bien las matemáticas del texto, el proyecto de ley 246 salió adelante en la Cámara de Representantes sin un solo voto en contra el 6 de febrero de 1897.
La ley parecía encaminada a aprobarse también en el Senado hasta que intervino la casualidad. Ese día se encontraba en el Capitolio Clarence A. Waldo, catedrático de matemáticas de la Universidad de Purdue, que había ido a gestionar el presupuesto de su facultad. Al escuchar el disparate que se estaba debatiendo, se quedó horrorizado y aprovechó para explicar a los senadores por qué aquello era matemáticamente absurdo.
El argumento hizo efecto. Los senadores, entre risas, decidieron aplazar el proyecto indefinidamente, y así fue como el pi se libró de que una asamblea estatal lo redondeara a 3,2. La ley nunca llegó a aprobarse.
Si te gustan estas historias curiosas de Estados Unidos, en nuestra sección sobre el país encontrarás muchas más.
