En agosto de 1990, mientras Estados Unidos preparaba la campaña aérea contra Irak, los planificadores tropezaron con un problema incómodo: los principales búnkeres de mando y control de Saddam Hussein estaban enterrados a tanta profundidad que ninguna bomba del arsenal aliado podía alcanzarlos. La respuesta llegó medio año después en forma de un arma improvisada en apenas dos semanas, la GBU-28, y de una misión bautizada en clave como Operación Garganta Profunda (Deep Throat).
Esta es la historia de cómo un ingeniero de la Fuerza Aérea convirtió un viejo cañón de artillería en la bomba antibúnker más potente de su tiempo, y de la noche de febrero de 1991 en que dos cazabombarderos F-111F la lanzaron contra el refugio subterráneo del dictador iraquí, pocas horas antes del alto el fuego.
Búnkeres a prueba de bombas bajo Bagdad
Cuando el ejército estadounidense empezó a planear la ofensiva aérea contra Irak, sus analistas descubrieron que buena parte de la red de mando y control iraquí no estaba en superficie, sino muy por debajo de ella. Se calcula que alrededor de 40 búnkeres repartidos por Bagdad estaban enterrados hasta unos 15 metros de profundidad, protegidos por losas de hormigón de más de medio metro de grosor.
No eran simples refugios. Bajo tierra se extendía una maraña de túneles y cámaras de hormigón interconectadas, cada una capaz de albergar puestos de mando para más de mil militares, con provisiones suficientes para aguantar semanas sin salir al exterior. Desde allí, el alto mando de Saddam Hussein podía dirigir la guerra a salvo de los bombardeos.
Y ahí estaba el problema: las bombas guiadas por láser de las que disponía la coalición, con la ojiva penetrante BLU-109 montada en la GBU-24, simplemente no llegaban tan hondo. Podían atravesar hormigón, sí, pero no lo bastante para reventar aquellas madrigueras.
Ante ese muro técnico, la USAF encargó a la División de Armamento Aéreo de la base aérea de Eglin, en Florida, que diseñara un arma capaz de perforar esos refugios. El ingeniero Al Weimorts tomó como punto de partida la ojiva BLU-109 y esbozó una versión mucho más larga y pesada que acabaría conociéndose como GBU-28. El plazo era angustioso: los posibles fabricantes tenían apenas diez semanas para dar con una solución antes del 15 de enero de 1991, la fecha prevista para el inicio de las hostilidades.
Una bomba diseñada en dos semanas
El gran obstáculo era encontrar un «cuerpo» lo bastante resistente para no destrozarse al impactar contra el hormigón. La idea que desatascó el proyecto fue tan ingeniosa como económica: un empleado de Lockheed propuso aprovechar cañones de obús de 203 mm (8 pulgadas) sobrantes y desgastados que el Ejército de Estados Unidos tenía almacenados. Aquel acero macizo y grueso era el material perfecto para atravesar la roca sin romperse.
Se cogieron dos de esos cañones, se acortaron, se les rebajó el interior y se les acopló una punta penetrante BLU-113. El resultado era un tubo de acero de unos cuatro metros de largo cargado con 630 libras (unos 286 kg) de explosivo Tritonal. A ese cuerpo se le añadió el sistema de guiado láser heredado de la GBU-24 y las aletas de control. La bomba terminada pesaba cerca de 2.130 kg (unas 4.700 libras) —de ahí que se hablara de ellas como las bombas «de 5.000 libras»— y los parámetros de vuelo se calcularon por ordenador, sin apenas tiempo para ensayos.
Las pruebas se hicieron en el campo de tiro de Tonopah, en Nevada. En el único lanzamiento sobre terreno real, la bomba se hundió en el desierto hasta una profundidad imposible de medir, superando con holgura los 30 metros (100 pies). En otro ensayo, una GBU-28 montada sobre un trineo propulsado por cohetes atravesó una pila de losas de hormigón armado de unos siete metros de grosor y, tras cruzarla entera, siguió deslizándose cientos de metros más. En conjunto, demostró que era capaz de perforar más de 30 metros de tierra o 6 metros de hormigón macizo antes de estallar. El arma estaba lista. La guerra, casi terminada.
Operación Garganta Profunda: el golpe a Al-Taji
El 27 de febrero de 1991, con la guerra terrestre ya en marcha y el alto el fuego a la vuelta de la esquina, un avión de transporte C-141 llevó dos GBU-28 recién fabricadas hasta la base de Taif, en Arabia Saudí. Apenas cinco horas después de que aterrizaran, las bombas ya estaban cargadas bajo las alas de dos F-111F del 48.º Ala de Cazas Táctica. Para compensar el enorme peso de cada GBU-28, los armeros colgaron además una bomba Mk 84 en el otro lado del avión.
El objetivo era el complejo de búnkeres de mando de la base aérea de Al-Taji, al noroeste de Bagdad. Aquellos refugios ya habían aguantado varios ataques de los cazas invisibles F-117 con bombas GBU-27, que en la jerga de los pilotos apenas habían servido para «remover el jardín de las rosas». Esta vez sería distinto.
Los dos aviones, con los indicativos «Cardinal 7-1» y «Cardinal 7-2», podían designarse el objetivo con el láser el uno al otro. El primero en atacar, tripulado por el teniente coronel Ken Combs y el mayor Jerry Hust, falló por poco. Sin perder un segundo, desviaron al «Cardinal 7-2» —a los mandos el coronel David White y el capitán Tommy Himes— desde su blanco secundario hacia el búnker principal.
Al día siguiente, Irak anunció el alto el fuego. Nunca se ha confirmado del todo, pero hay quien cree que ese golpe inesperado —la demostración de que ya ningún refugio era seguro— pudo influir en la decisión. Saddam Hussein no se encontraba en el búnker de Al-Taji, aunque otros refugios similares bajo Bagdad habrían sido los siguientes objetivos si el conflicto hubiera seguido. Fue, además, la última misión de los F-111F en la Tormenta del Desierto.
La GBU-28 se quedó en el arsenal de la Fuerza Aérea mucho después de la Guerra del Golfo: volvió a emplearse en Afganistán (2001) e Irak (2003), inspiró una versión guiada por GPS —la GBU-37, pensada para el bombardero furtivo B-2— y con los años se vendió a aliados como Israel y Corea del Sur. Toda una carrera para un arma que nació de un cañón viejo y se diseñó en apenas dos semanas.
El ejército no fue el único brazo del Estado estadounidense que trabajó entre bastidores en aquellos años: la CIA también guardó sus propios secretos durante décadas.
