En marzo de 2020, Emirates —la aerolínea internacional más reconocida del mundo— dejó en tierra unos 218 de sus 270 aviones, cerca del 85 % de la flota, y anunció que no reanudaría sus vuelos regulares hasta julio como muy pronto.
A finales de aquel marzo, los Emiratos Árabes Unidos prohibieron los vuelos y tanto Emirates como Etihad suspendieron por completo sus operaciones durante dos semanas.
Desde el 6 de abril se reanudaron de forma mínima, y solo en un sentido: aviones que sacaban gente del país, porque las fronteras seguían cerradas y no se podían reservar vuelos de entrada. La red entera de la aerolínea se quedó en esto:
- Cuatro vuelos semanales a Londres (Heathrow)
- Tres a Fráncfort
- Tres o cuatro a Manila
- Uno a São Paulo
Cuatro destinos. Una compañía que hoy opera más de 3.600 vuelos semanales.
Por qué importaba tanto lo que hiciera Emirates
Porque todos sus vuelos son internacionales. No tiene mercado doméstico que la sostenga, así que sus decisiones funcionaban como termómetro de la apertura de fronteras mundial mucho mejor que las de cualquier aerolínea con red interna.
En qué acabó
La recuperación no fue rápida —volver a poner en vuelo un A380 aparcado durante meses son miles de horas de trabajo—, pero el desenlace no se parece en nada al pesimismo de aquellos días.
Emirates es hoy la aerolínea internacional más grande del mundo, con la mayor flota de aviones de fuselaje ancho del planeta: 116 Airbus A380 y 133 Boeing 777, y es el mayor operador de ambos modelos.
Y en el ejercicio cerrado en marzo de 2025 registró el mejor resultado de su historia: un beneficio antes de impuestos de 6.200 millones de dólares, lo que la convirtió en la aerolínea más rentable del mundo, con 53,7 millones de pasajeros transportados.
