Dubái miró su costa natural, algo más de 70 kilómetros de playa recta y sin gracia, y decidió que no le bastaba. Así que hizo lo que ningún otro lugar del mundo se había atrevido a hacer a esa escala: dibujar tierra nueva en el mar. No una isla cualquiera, sino palmeras gigantes y un mapamundi tan grandes que se ven desde el espacio.
El resultado son las Islas Palma (Palm Jumeirah, Palm Jebel Ali y la antigua Palm Deira) y el archipiélago de The World, cientos de islas artificiales levantadas a base de arena y roca del propio golfo Pérsico. Lo más increíble no es la forma, sino el capricho que impuso el jeque Mohammed bin Rashid Al Maktoum: quería islas que parecieran naturales, hechas solo con materiales naturales. Nada de hormigón, nada de acero. Un puñado de arena colocado en medio del mar y obligado a quedarse quieto.
En esta guía te contamos cómo se construyeron estas islas imposibles: el reto de ingeniería que supuso, el gigantesco rompeolas en forma de media luna que las protege, los 94 millones de metros cúbicos de arena colocados casi grano a grano con GPS, y el precio ecológico de domar el mar. Y, al final, en qué ha quedado el sueño en Dubái más de dos décadas después.
Cuatro archipiélagos para reinventar la costa de Dubái
Cuando hablamos de “las islas de Dubái” no nos referimos a un solo proyecto, sino a cuatro archipiélagos artificiales muy distintos, levantados por la promotora estatal Nakheel. Todos comparten la misma idea (fabricar tierra donde antes solo había mar), pero cada uno ha corrido una suerte muy diferente.
Palm Jumeirah, la única terminada
Es la más famosa y la única realmente acabada y habitada. Tiene forma de palmera datilera: un tronco central, una copa con dieciséis frondas donde se alinean las villas, y una gran media luna exterior que hace de rompeolas. Ocupa unos 5,7 kilómetros cuadrados y añadió decenas de kilómetros de playa nueva a la ciudad.
Las obras de recuperación de terreno empezaron en 2001 y el relleno estuvo listo hacia 2003; las primeras viviendas se entregaron en 2006. Hoy viven en ella decenas de miles de personas y se ha convertido en un icono turístico, con el hotel Atlantis en la punta de la media luna y un monorraíl que recorre el tronco.
Palm Jebel Ali, resucitada en 2023
Pensada para ser el doble de grande que Palm Jumeirah, su diseño original de 2002 incluía villas y casas sobre el agua colocadas de forma que dibujaban un poema en árabe escrito por el propio jeque Mohammed. La crisis financiera de 2008 la dejó congelada durante años, con las frondas a medio hacer.
En 2023, Nakheel la relanzó con un plan maestro nuevo, aprobado en mayo y alineado con el plan urbano Dubái 2040. Para 2026 las obras van a toda máquina: se han adjudicado contratos por unos 3.500 millones de dírhams (alrededor de 950 millones de dólares) para construir 544 villas, y las primeras entregas se esperan hacia 2027.
The World, el mapamundi a medio hacer
A unos cuatro kilómetros de la costa flota The World, un archipiélago de unas 300 islas que, vistas desde el aire, dibujan un mapa del mundo. Se construyeron entre 2003 y 2008 y estaba previsto venderlas como islas privadas de lujo.
La crisis de 2008 volvió a hacer estragos: más de quince años después, la mayoría siguen siendo simples montículos de arena vacíos. El único desarrollo importante es The Heart of Europe, un grupo de islas temáticas del promotor Kleindienst con villas flotantes y hoteles que ya funcionan en parte, aunque el conjunto está lejos de completarse.
Palm Deira, la que dejó de ser palmera
Iba a ser la más grande de todas, pero nunca llegó a serlo con esa forma. Lanzada en 2004 como Palm Deira, se paralizó en 2007, se redujo y rebautizó como Deira Islands en 2013 y, finalmente, en 2022 se relanzó ya sin forma de palmera con el nombre de Dubai Islands: un conjunto de islas con playas, residencias y decenas de hoteles previsto para funcionar del todo hacia 2030.
El reto imposible, una isla de arena sin hormigón ni acero
La mayoría de las islas artificiales del mundo se levantan con estructuras de hormigón y acero que las sujetan, como una piscina gigante rellena de tierra. El jeque Mohammed quiso justo lo contrario: unas islas que parecieran naturales y se fundieran con el paisaje. Es decir, construir una estructura descomunal en pleno mar sin un solo pilar de hormigón que la mantuviera en su sitio. Ese capricho es, precisamente, lo que convirtió el proyecto en uno de los mayores desafíos de ingeniería jamás intentados.
Para hacerlo posible, los promotores recurrieron primero a los mejores del mundo en ganar terreno al mar: los holandeses, que llevan siglos arrebatándole tierra al océano y que han aumentado la superficie de su país en más de un tercio. La gran pregunta era sencilla de enunciar y endiablada de resolver: ¿cómo consigues que una isla hecha de arena suelta no se deshaga con el oleaje?
El golfo Pérsico, un aliado inesperado
Por suerte, la geografía jugaba a favor. El golfo Pérsico es poco profundo y está bastante resguardado, así que no genera las olas enormes y destructivas del mar abierto. En condiciones normales, sus aguas son tranquilas y perfectas para una obra así.
El problema llega con el Shamal, el viento del noroeste que sopla sobre el Golfo entre noviembre y abril. Durante esos meses se forman tormentas con rachas de hasta unos 56 km/h que levantan olas de uno o dos metros, sin contar el riesgo de un temporal catastrófico de los que caen una vez cada cien años. Trabajar durante la temporada de Shamal era mucho más difícil y peligroso, y buena parte del calendario de obra tuvo que planificarse alrededor de esos vientos.
La solución al reto se apoyó en dos piezas maestras que veremos a continuación: un rompeolas gigante en forma de media luna para frenar las olas antes de que tocaran las frondas, y un relleno de arena marina compactada capaz de sostenerse por sí solo. Ingeniería pura para cumplir un antojo estético.
El rompeolas en media luna: el escudo de las islas
Antes de colocar un solo grano de arena para las frondas, había que construir el escudo que las protegería: el rompeolas en forma de media luna que rodea cada palmera. Sin él, la primera gran tormenta habría deshecho las islas.
En Palm Jumeirah esa media luna mide unos 11 kilómetros de largo y unos 200 metros de ancho, y su cresta se eleva entre tres y cuatro metros sobre el nivel del mar. La idea es tan vieja como eficaz: las paredes inclinadas del rompeolas hacen que las olas rompan y pierdan su fuerza antes de llegar a las viviendas.
Rocas de seis toneladas encajadas como un puzle
La base del rompeolas es de arena y escombros, pero lo que de verdad aguanta el envite del mar es su coraza exterior, hecha de enormes rocas de hasta seis toneladas cada una. En total se emplearon millones de toneladas de piedra, extraídas de dieciséis canteras repartidas por los Emiratos. Para hacerte una idea, es material de sobra para levantar un par de pirámides de Egipto.
Y aquí está el truco: sin cemento que las sujete, cada roca se eligió por tamaño y peso y se colocó con grúa en una posición concreta, de modo que encajara con las de al lado como las piezas de un rompecabezas. Ese entrelazado es lo que permite al muro resistir el empuje del oleaje solo con su propio peso. Como medida de seguridad, buzos revisan periódicamente el fondo en busca de grietas o piedras desplazadas por las olas.
Aberturas para que el agua respire
Un anillo cerrado tenía un problema evidente: el agua atrapada dentro se estancaría, matando la vida marina y pudriéndose. Por eso el rompeolas no es continuo. Tiene varias aberturas que dejan entrar y salir la marea dos veces al día y renuevan por completo el agua de la laguna en menos de dos semanas. Esa circulación es vital para el oxígeno, para los peces y para arrastrar la contaminación.
El calendario era otro enemigo: se dieron solo unos tres años para todo. Para no perder tiempo, la empresa que levantaba el rompeolas y la que rellenaba las frondas trabajaron a la vez, colocando los cimientos de arena bajo el agua mientras la media luna todavía crecía.
94 millones de metros cúbicos de arena colocados con GPS
Con la media luna protegiendo el interior, llegó la parte más espectacular: rellenar las frondas. Las cifras marean. Solo Palm Jumeirah se tragó unos 94 millones de metros cúbicos de arena, suficientes para cubrir toda la isla de Manhattan con una capa de un metro de altura.
Toda esa arena se dragó del fondo del golfo Pérsico, a decenas de kilómetros de la costa, porque, como ya vimos, la del desierto no valía. Se extrajo con enormes barcos dragadores de dos empresas europeas especializadas, la belga Jan De Nul y la neerlandesa Van Oord.
El “arcoíris” que dibujó las islas
La técnica estrella se llama rainbowing, “arcoíris”. El barco dragador dispara la arena mezclada con agua por un cañón, formando un gran arco en el aire que cae exactamente donde debe. Así, poco a poco, fueron apareciendo las frondas sobre la superficie del mar.
Lo difícil no era lanzar la arena, sino colocarla con precisión sin ningún molde que le diera forma. La solución fue el GPS: operarios recorrían las islas con receptores diferenciales (DGPS) que, cruzando señales de satélite, situaban cada depósito de arena con un margen de error de apenas un centímetro. Una tecnología que en aquel momento rivalizaba con la de los ejércitos más avanzados del mundo.
El fantasma de la licuefacción
Recién colocada, la arena queda suelta y esponjosa, y eso es un peligro. Dubái está cerca de una zona sísmica y, si un terremoto sacude arena poco compacta y saturada de agua, puede producirse la temida licuefacción: el suelo se comporta de golpe como un líquido y la isla, sencillamente, se hundiría en el mar. Con miles de millones invertidos y toda una ciudad prevista encima, no era una opción.
Para evitarlo se recurrió a la vibrocompactación: unas sondas se hunden en la arena, la hacen vibrar y le inyectan agua y aire a presión, obligando a los granos a apretarse y ocupar menos espacio. En Palm Jumeirah se hicieron con esta técnica miles de perforaciones hasta dejar el terreno firme. Todo el proceso de estabilizar las frondas llevó cerca de ocho meses.
Bajo el agua quedó otra hazaña menos vistosa: los túneles perforados en horizontal que llevan agua potable, electricidad, telecomunicaciones y alcantarillado desde tierra firme hasta la media luna, además del túnel que conecta el tronco de la palmera con el hotel Atlantis.
Erosión, vida marina y qué queda hoy del sueño
Construir las islas fue solo la mitad del reto. La otra mitad es mantenerlas, porque el mar nunca deja de trabajar en contra.
Una playa que hay que reponer a mano
Todas las playas sufren erosión, pero una playa natural se rellena sola con la arena que arrastran las corrientes. Una playa artificial, no: cuando el oleaje se lleva la arena de un sitio, esa arena no vuelve por su cuenta. Si nadie vigila, la línea de costa se deforma y, en casos extremos, la playa puede llegar a desaparecer.
Levantar islas tan cerca de la costa también alteró las corrientes de toda la zona. En algunos tramos del litoral de Dubái eso ha hecho crecer las playas, pero en otros las ha ido comiendo varios metros al año. Por eso las Islas Palma necesitan vigilancia y mantenimiento constantes, reponiendo arena allí donde el mar se la lleva para que ni las islas ni la costa cambien de forma con el tiempo.
Un arrecife artificial que salió bien
No todo fueron problemas. Los constructores temían el impacto ecológico, así que enviaban buzos a inspeccionar peces y corales con regularidad. La sorpresa fue agradable: las rocas del rompeolas se convirtieron en un refugio que atraía cada vez más peces e incluso especies nuevas.
Aquello inspiró a Nakheel a fomentar la vida marina a propósito. Se hundieron estructuras para crear arrecifes artificiales y plataformas de buceo, con la idea de que, con los años, la zona rebosara vida como los mares de las Maldivas. De un reto de ingeniería nació, casi sin querer, un pequeño ecosistema.
Y entonces llegó 2008
El plan de Dubái no terminaba en las palmeras. Estaban The World, la gigantesca Palm Deira y hasta el Dubai Waterfront, un desarrollo colosal que iba a añadir kilómetros y kilómetros de nueva costa. La ambición no tenía límite… hasta que lo tuvo.
La crisis financiera de 2008 pinchó la burbuja. El Waterfront quedó aparcado, The World se congeló con la mayoría de sus islas vacías y Palm Deira acabó reconvertida en las actuales Dubai Islands. Solo Palm Jumeirah había llegado a puerto.
