Aunque cada vez escribamos más en pantallas, el lápiz de madera sigue fabricándose por miles de millones: es barato, no se estropea, no necesita batería y en muchos sitios del mundo sigue siendo la herramienta con la que se aprende a escribir.
La cifra que se repite en todas partes es esta: cada año se talan unos 82.000 árboles para fabricar lápices.
De un solo árbol salen alrededor de 170.000 lápices. Es decir, esos 82.000 árboles dan para unos 14.000 millones de lápices al año, que es aproximadamente lo que se fabrica en el mundo.
(Conviene hacer la multiplicación, porque muchas versiones de este dato circulan mal: si se dice que son 82.000 árboles y a la vez 2.000 millones de lápices, los números no cuadran ni de lejos.)
Puesto en perspectiva: 82.000 árboles al año es mucho menos de lo que suena. Es una cifra pequeña comparada con casi cualquier otro uso industrial de la madera, y además la madera de los lápices no sale de bosques primarios, sino de plantaciones gestionadas para eso.
De dónde viene el lápiz
Los romanos escribían con un estilo (stylus), una varilla puntiaguda de metal o hueso con la que se grababa sobre tablillas de cera, que podían alisarse y reutilizarse. Nada que ver con un lápiz, pero es el antepasado de la idea.
El lápiz tal y como lo conocemos nace de una casualidad geológica. A mediados del siglo XVI se descubrió en Borrowdale, en el norte de Inglaterra, un yacimiento de grafito de una pureza excepcional, el único conocido de ese tipo en el mundo. Los pastores de la zona empezaron a usarlo para marcar ovejas.
El grafito dejaba una línea magnífica, pero era demasiado blando y manchaba, así que hubo que envolverlo. Primero en cuerda, después en madera. En 1662, Núremberg se convirtió en la primera ciudad del mundo en fabricar lápices de madera en serie —de ahí vienen Faber-Castell y Staedtler, que siguen siendo alemanas—.
El salto definitivo lo dio en 1795 un oficial del ejército de Napoleón, Nicolas-Jacques Conté. Inglaterra bloqueaba la exportación de su grafito, así que Conté probó a mezclar polvo de grafito con arcilla y cocer la mezcla. Funcionó, y de paso resolvió algo que el grafito puro no permitía: variando la proporción de arcilla se obtienen minas más duras o más blandas. Toda la escala de durezas que hay hoy en cualquier estuche —HB, 2B, 4H— viene de aquel invento.
Cómo se fabrican y qué madera llevan
La carcasa se hace con maderas blandas de conífera, porque tienen que dejarse afilar limpiamente sin astillarse. La reina del sector es el cedro de incienso (Calocedrus decurrens), que crece sobre todo en California y Oregón, y que se usa desde hace más de un siglo precisamente por cómo se comporta bajo el sacapuntas. Hoy compite con maderas más baratas como el tilo y el álamo, sobre todo en la producción asiática.
El proceso es más ingenioso de lo que parece:
- La madera se corta en tablillas finas de la longitud de un lápiz, unas 7,5 pulgadas.
- A cada tablilla se le graban nueve ranuras paralelas.
- Se les pone cola y se colocan las minas ya cocidas.
- Encima se pega otra tablilla ranurada, y las dos se prensan formando una especie de sándwich.
- Ese bloque se corta longitudinalmente y salen nueve lápices de una vez.

¿Es un problema para los bosques?
Menos de lo que sugiere la pregunta. La madera de lápiz procede de plantaciones de rendimiento sostenido: bosques gestionados en los que cada año se plantan más árboles de los que se cortan, precisamente porque a la industria le interesa que la materia prima no se acabe.
Y el lápiz tiene una ventaja poco intuitiva frente a su alternativa. Un portaminas no gasta madera, pero gasta plástico: se fabrica con derivados del petróleo, y cuando se rompe acaba en el vertedero durante siglos. Un lápiz de madera es biodegradable y su mina es grafito y arcilla, dos minerales inertes.
Si el objetivo es reducir el impacto, el número que importa no es cuántos árboles se talan, sino cuánto dura cada objeto y en qué se convierte cuando se tira.
