Salir de Corea del Norte es una de las cosas más difíciles y peligrosas que existen. No hablamos de un trámite burocrático complicado, sino de una huida clandestina que puede durar semanas o meses, atravesar varios países y poner en riesgo la vida, no solo del que huye, sino también de la familia que deja atrás.
Aun así, miles de personas lo han logrado: se calcula que más de 34.000 norcoreanos han conseguido llegar a Corea del Sur a lo largo de las últimas décadas (aunque las cifras han caído mucho en los últimos años, con las fronteras más cerradas que nunca).
En este artículo te contamos cómo se escapa realmente de Corea del Norte: por qué no se huye por la frontera con el Sur, la larga y peligrosa ruta a través de China, cuál es el mayor peligro del camino y cómo es empezar de cero al otro lado.
Por qué no se huye por la frontera con el Sur
Lo primero que sorprende es que, aunque Corea del Sur esté justo al otro lado, casi nadie escapa por ahí. La razón es la propia frontera: la Zona Desmilitarizada (DMZ).
Esa franja que separa las dos Coreas es, pese a su nombre, la frontera más militarizada del mundo: kilómetros de alambradas, campos de minas, torres de vigilancia y soldados con orden de disparar. Cruzarla a pie es prácticamente imposible y suicida. Los poquísimos casos de soldados que han logrado cruzar la DMZ y sobrevivir se cuentan como hazañas extraordinarias, a menudo bajo una lluvia de disparos.
La ruta: un río, China y miles de kilómetros
La ruta habitual de escape es un viaje larguísimo y clandestino que suele seguir estos pasos:
| Etapa | Qué implica |
| 1. Cruzar el río | Pasar el Yalu o el Tumen hacia China de noche |
| 2. Atravesar China | Recorrer miles de km en secreto evitando a la policía |
| 3. Llegar al Sudeste Asiático | Cruzar hacia Tailandia por Laos y el río Mekong |
| 4. Traslado a Corea del Sur | Entregarse en un país seguro y viajar al Sur |
| 5. Empezar de cero | Tres meses en el centro Hanawon y nueva vida |
Todo empieza cruzando el río fronterizo (el Yalu o el Tumen) que separa Corea del Norte de China, a menudo de noche y por zonas poco vigiladas. Pero llegar a China es solo el principio: allí el fugitivo no está a salvo (ahora veremos por qué), así que tiene que atravesar medio país en secreto, recorriendo miles de kilómetros hasta el sur de China.
Desde allí, la ruta más habitual continúa hacia el Sudeste Asiático: normalmente hacia Tailandia, cruzando países como Laos y el río Mekong. Una vez en un país que no los devuelve a Corea del Norte, pueden entregarse a las autoridades y gestionar su traslado, casi siempre, a Corea del Sur.
El mayor peligro del camino: China
Aquí está el punto más duro de toda la historia. Podría pensarse que, una vez en China, lo peor ya ha pasado. Es justo al revés: China es el gran peligro.
El motivo es que China no reconoce a los norcoreanos como refugiados. Los considera inmigrantes ilegales y mantiene una política de devolverlos a Corea del Norte cuando los detiene. Y ser repatriado es una catástrofe: en Corea del Norte, huir del país se considera un delito gravísimo (una traición), y quienes son devueltos se enfrentan a interrogatorios, prisión, trabajos forzados y, en los casos más extremos, castigos aún peores. El miedo a la repatriación persigue al fugitivo durante todo su paso por China.
A esa amenaza se suma otra realidad terrible, especialmente para las mujeres. Muchas norcoreanas que huyen a China acaban atrapadas en redes de trata, vendidas como esposas a hombres en zonas rurales o explotadas de otras formas, aprovechándose de que, al ser ilegales, no pueden acudir a la policía sin arriesgarse a ser deportadas.
Empezar de cero en el Sur
Cuando por fin llegan a Corea del Sur, los desertores no se encuentran en casa de inmediato. Aunque legalmente el Sur los reconoce como ciudadanos, adaptarse a una sociedad rica, hiperconectada y capitalista después de toda una vida en Corea del Norte es un choque enorme.
Por eso, a su llegada pasan por un centro llamado Hanawon (“casa de la unidad”), donde permanecen unos tres meses aprendiendo a desenvolverse en su nueva vida: desde usar un cajero automático, pagar recibos o conducir, hasta manejarse con el dialecto del Sur (que ha cambiado bastante respecto al del Norte) y comprender cómo funcionan la democracia y una economía de mercado.
Aun así, muchos arrastran durante años el trauma del viaje, la culpa por la familia que dejaron atrás y la dificultad de encontrar su sitio. Algunos de los que lo consiguen se convierten en activistas y cuentan su historia al mundo, aunque conviene recordar que ningún testimonio individual resume por sí solo la experiencia de todos.
