¿Cómo es la vida diaria en el país más cerrado del mundo? Es una de las grandes preguntas que despierta Corea del Norte, precisamente porque sabemos muy poco de lo que ocurre puertas adentro. Gracias a los testimonios de desertores, a las organizaciones de derechos humanos y a los pocos visitantes, podemos hacernos una idea, y lo que se dibuja es una sociedad profundamente controlada y jerarquizada.
En Corea del Norte, muchas de las cosas que damos por sentadas —elegir dónde vivir, navegar por internet, viajar a otra ciudad o simplemente comer lo suficiente— dependen del Estado y del lugar que ocupas en su pirámide. Hasta el punto de que buena parte de tu destino queda decidido, literalmente, el día en que naces.
En este artículo te contamos las claves de la vida cotidiana norcoreana: el sistema de castas songbun, el curioso “internet” que no es internet, los móviles vigilados, el racionamiento de comida y las reglas que marcan el día a día.
El songbun: la casta con la que naces
Si hay una cosa que define la vida de un norcoreano, es su songbun. Se trata de un sistema de castas hereditario que clasifica a cada ciudadano según lo que hicieron sus antepasados durante la ocupación japonesa y la Guerra de Corea. Dicho de otro modo: tu posición social depende de la “lealtad” que tu familia demostró al régimen hace generaciones.
A grandes rasgos, la población se divide en tres grandes grupos (con decenas de subcategorías):
| Casta | Quiénes son | Trato |
| Núcleo (leal) | Descendientes de héroes y cuadros del partido | El mejor acceso a vivienda comida y estudios |
| Vacilante (neutral) | La mayoría de la población | Trato intermedio y oportunidades limitadas |
| Hostil (sospechosa) | Familias mal vistas por su pasado | Los peores destinos trabajos y raciones |
Y esto no es una etiqueta simbólica: el songbun decide casi todo en la vida de una persona. Influye en dónde puedes vivir (vivir en Pyongyang es un privilegio reservado a los más leales), en qué trabajo puedes tener, en si tus hijos podrán ir a la universidad, en el acceso a la comida e incluso en con quién te conviene casarte.
Un 'internet' que no es internet: Kwangmyong
Aquí va una de las curiosidades tecnológicas más llamativas del país. En Corea del Norte, la gente normal no tiene acceso a internet. Lo que existe es una red nacional cerrada llamada Kwangmyong.
Kwangmyong es una especie de intranet de todo el país: una red interna que no está conectada al internet mundial y que solo contiene material aprobado por el Estado (webs oficiales, algunos textos, correo interno…). Es, básicamente, una versión de internet sin ventanas al exterior, pensada para informar y adoctrinar, no para conectar con el mundo.
¿Y los móviles? Sí existen, y de hecho millones de norcoreanos tienen teléfono desde que se lanzó la red Koryolink a finales de los 2000. Pero son móviles muy particulares:
- Solo funcionan dentro del país y no acceden a internet global, solo a la red interna.
- Están diseñados para bloquear aplicaciones y contenidos no autorizados.
- Algunos incluso hacen capturas de pantalla al azar del uso del teléfono, para que las autoridades puedan revisar qué ha estado haciendo el usuario.
Comida racionada y mercados que salvaron al país
Durante décadas, la comida en Corea del Norte no se compraba libremente: se repartía a través de un sistema público de distribución. El Estado entregaba raciones de alimentos, y —de nuevo— la cantidad y la calidad dependían en buena parte del songbun y de la lealtad de cada familia. Controlar la comida es, en Corea del Norte, una forma de controlar a la población: quien reparte el arroz, manda.
Ese sistema se hundió durante la terrible hambruna de los años 90, cuando el reparto estatal dejó de llegar. Para sobrevivir, la gente empezó a comprar y vender por su cuenta en mercados informales (los llamados jangmadang). Aquellos mercados, nacidos de la necesidad, se volvieron tan importantes que hoy son una parte esencial de la economía real del país, aunque el régimen mantenga con ellos una relación de amor y odio (a veces los tolera, a veces los reprime).
Una vida bajo control (pero una vida)
El día a día en Corea del Norte está marcado por un nivel de control difícil de imaginar desde fuera:
- No puedes viajar libremente por tu propio país. Moverse de una provincia a otra —y sobre todo entrar en Pyongyang— suele requerir permisos oficiales.
- La propaganda es omnipresente: altavoces, carteles, sesiones de estudio ideológico, radios que no se pueden apagar del todo.
- El acceso a cultura extranjera está perseguido. Una ley aprobada en 2020 castiga con años de trabajos forzados a quien vea o distribuya series y películas surcoreanas.
- Existe una fuerte vigilancia vecinal y estatal, y las críticas al régimen pueden acarrear consecuencias gravísimas, que se extienden incluso a la familia.
Y sin embargo, conviene no caer en la caricatura. Detrás de todo ese control, hay millones de personas que hacen vidas normales: van a trabajar, se enamoran, crían a sus hijos, gastan bromas, siguen la moda que pueden, escuchan música y sueñan con un futuro mejor. Especialmente en Pyongyang —la ciudad escaparate, reservada a los más leales— hay cafeterías, gimnasios, parques acuáticos y smartphones.
