Cómo Corea del Norte hizo 'lo imposible': las 4 amenazas que iban a hundirla y cómo las superó

Rubén, 2 julio 2026
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En 1998, la CIA se reunió para analizar el que entonces era el mayor problema de la política exterior estadounidense: Corea del Norte. Su conclusión fue rotunda. El país estaba condenado. Tarde o temprano, algún detonante provocaría su colapso total: su economía se degradaba sin remedio, dependía por completo de China y su propia razón de ser se estaba desmoronando.

Durante casi treinta años, esa predicción pareció acertada. Portadas de revistas, informes de expertos y análisis de inteligencia repetían lo mismo: Corea del Norte iba a caer. Y sin embargo, no solo no cayó, sino que hace apenas unos meses hizo algo que nadie esperaba: reescribió su constitución para declararse, en la práctica, vencedora.

¿Cómo es posible? La respuesta no es que todos se equivocaran. Es que Corea del Norte derrotó, una a una, a las amenazas que debían destruirla. En este artículo desglosamos las cuatro grandes amenazas que iban a hundir al país más aislado del mundo —la guerra con Estados Unidos, el aislamiento internacional, el colapso económico y la inestabilidad interna— y cómo Kim Jong-un consiguió superarlas todas.

Este artículo es el “detrás de la cortina” de otro que quizá ya hayas leído: el de el macro-resort de playa de Wonsan Kalma. Ese complejo turístico es, en realidad, la cara sonriente de esta misma historia: la de un régimen que se siente lo bastante fuerte como para presumir ante el mundo.

'Estaba condenada': por qué todos daban por muerta a Corea del Norte

Para entender la hazaña, primero hay que entender por qué su final parecía tan seguro. Y la clave está en una palabra: reunificación.

Durante siglos, Corea fue un solo país, con una lengua y una historia comunes. Esa unidad se rompió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la península quedó dividida entre una zona ocupada por los soviéticos (el Norte) y otra por los estadounidenses (el Sur). Se crearon dos gobiernos, pero ninguno de los dos se veía como un país aparte: cada uno se consideraba el legítimo representante de la única Corea, y ambos tenían como misión sagrada reunificar la nación bajo su mando. Esa meta figura en sus constituciones, tienen (o tenían) ministerios dedicados a ella e incluso libraron una guerra por conseguirlo.

Ahí estaba la trampa mortal para el Norte. Con el paso de las décadas, Corea del Sur se hizo democrática, rica y culturalmente influyente, mientras el Norte se volvía más pobre y más autoritario. Cuanto mejor le iba al Sur, más evidente era que cualquier Corea reunificada acabaría absorbida por el gobierno del Sur. Es decir: la propia ideología oficial de Corea del Norte, centrada en la reunificación, había pasado a leerse como un argumento para hacer desaparecer al Estado norcoreano.

A ese problema de fondo se sumaban otros muy graves:

  • Una economía en ruinas, con apagones y hambrunas periódicas.
  • Un aislamiento internacional casi total, con sanciones de medio mundo.
  • La amenaza constante de una guerra con Estados Unidos.
Para hacernos una idea del contexto: la mayoría de los países no se enfrentan a ningún escenario plausible de colapso inminente. Si uno tiene una de esas amenazas, ya es una emergencia geopolítica. Corea del Norte acumulaba cuatro a la vez… y las ha sobrevivido durante 30 años. Por eso su supervivencia se describe, sin exagerar, como algo “imposible”.

Vamos a verlas una por una: cuál era la amenaza, a qué colapso podía llevar y cómo la neutralizó el régimen.

Amenaza 1: la guerra con EE. UU. → la carta nuclear

Desde 1945, la península vivía congelada en un pulso de la Guerra Fría: el Norte apoyado por la URSS, el Sur por Estados Unidos. Pero en 1991 la Unión Soviética se desintegró y Corea del Norte se quedó sola, sin su gran protector, frente a un Estados Unidos harto de sus provocaciones (había derribado un avión militar estadounidense, capturado y torturado a su tripulación, secuestrado a civiles japoneses…). El miedo era claro: que cualquier incidente acabara en una guerra al estilo de Irak que derrocara al régimen.

El plan que todos creyeron

Al principio, Corea del Norte intentó un gran acuerdo con los estadounidenses: en 1991-1992 llegó a firmar con el Sur una declaración conjunta de desnuclearización. Pero las negociaciones se pudrieron por la desconfianza mutua y el pacto se vino abajo. Entonces empezaron las pruebas nucleares (la primera, en 2006).

El mundo interpretó que se trataba de chantaje nuclear: un país pobre construyendo un par de bombas para exigir ayudas. La respuesta lógica fue sanción tras sanción, con la idea de que a Corea del Norte el programa le acabara saliendo más caro de lo que le reportaba.

El plan real: un verdadero poder nuclear

Pero ese análisis era erróneo. El plan de Corea del Norte no era mendigar: era convertirse en una potencia nuclear de verdad, capaz de plantarle cara a Estados Unidos. Y lo consiguió. Tras los avances de 2016, en 2017 probó su primer misil intercontinental (con alcance para llegar a Alaska) y poco después otros que, según los analistas, podían alcanzar Los Ángeles, Chicago o Nueva York.

Con eso, Corea del Norte logró lo que en jerga militar se llama “capacidad de segundo ataque garantizado”: aunque Estados Unidos la atacara primero con todo, tendría lanzaderas móviles escondidas suficientes para responder e incinerar una ciudad estadounidense.

En términos estratégicos, eso es un jaque mate. Estados Unidos no puede ir a la guerra con Corea del Norte sin arriesgarse a perder una de sus ciudades. Por tanto, no puede ir a esa guerra. La amenaza número uno quedó, sencillamente, fuera de la mesa. Hoy se estima que el país tiene del orden de 50 cabezas nucleares.

Amenaza 2: el aislamiento (y la sombra de China) → el as de Rusia

Ningún país sobrevive solo: hace falta comercio, comida, energía, aliados. Y Corea del Norte había enfadado a todo el planeta. El Consejo de Seguridad de la ONU le ha impuesto más de una docena de resoluciones con sanciones, apoyadas incluso por China y Rusia.

Pero lo más peligroso era su dependencia de China. Pekín juega un doble juego: manda justo la ayuda suficiente (combustible, alimentos) para que el régimen no se hunda… lo que le da a Xi Jinping un poder inmenso. El gran miedo de Corea del Norte no era solo una invasión estadounidense, sino acabar convertida en una especie de colonia china, tan a merced de Pekín que dejara de ser un país independiente.

La jugada maestra

¿Cómo escapar de esa tenaza? Con dos movimientos.

Primero, el prestigio de lo nuclear. El programa atómico le abrió a Kim las puertas de algo histórico: las primeras cumbres cara a cara entre un líder norcoreano y un presidente de EE. UU. en ejercicio (Donald Trump, en 2018-2019). Apenas dieron resultados concretos, pero lanzaban un mensaje a Xi: Corea del Norte es ya una potencia nuclear con línea directa con Washington. Curiosamente, es la misma estrategia que usó la propia China en los años 50 y 60 para no quedar subordinada a la URSS.

Segundo, y decisivo: la guerra de Ucrania. Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022 y la cosa le salió mal (se quedó corta de soldados y munición, aislada del mundo), Corea del Norte encontró por fin algo que vender. Empezó a enviar a Rusia miles de soldados y proyectiles de artillería (bajo un tratado de defensa mutua firmado en junio de 2024; se calcula que envió unos 12.000 militares). A cambio recibió dinero, petróleo, tecnología… y el abrazo público de una gran potencia.

Y ahí se disparó la ironía: al ver que Kim podía escaparse a la órbita de Moscú, China se asustó. Así que Xi y Putin se pusieron a competir por ser el más amable con él. Putin le manda comida, combustible y dinero (saltándose sus propias sanciones); China, para no quedar atrás, hace lo mismo.

Corea del Norte pasó de paria mundial a ser, geopolíticamente, la codiciada protagonista a la que dos superpotencias cortejan. Un síntoma de hasta qué punto ha cambiado el tablero: en 2024, Rusia vetó en la ONU la renovación del panel de expertos que vigilaba el cumplimiento de las sanciones. Sin ese vigilante, el régimen de sanciones se ha quedado en gran parte desactivado.

Amenaza 3: el colapso económico → el maná de las armas

Hay una foto que lo resume todo: la imagen nocturna de la península desde el espacio. Corea del Sur brilla; Corea del Norte es un agujero negro, casi sin luces, porque grandes partes del país ni siquiera tienen electricidad estable. Es uno de los países más pobres del mundo, y no es solo pobreza: en los años 90, una crisis provocó una hambruna que mató a una parte enorme de la población (las estimaciones van desde cientos de miles hasta varios millones de muertos).

El propio Kim Jong-un llegó a hacer algo insólito en un líder norcoreano: pedir perdón en público por no haber sabido mejorar la vida de su gente. Sabía que, si no arreglaba la economía, podía perder el poder o quedarse sin país que gobernar.

De dónde salió el dinero

La solución llegó, otra vez, de la mano de Rusia y China. Las ventas de armas a Moscú y el flujo de bienes desde ambos países empezaron a sumar cantidades enormes. Se ha llegado a hablar de una única operación de venta de armamento a Rusia por más de 10.000 millones de dólares, una cifra brutal para una economía que apenas ronda los 27.000 millones. Sería como si un país como España cerrara de golpe un negocio equivalente a varios años enteros de su PIB.

¿El resultado? Visitantes recientes describen una Corea del Norte irreconocible, al menos en su escaparate:

  • Restaurantes con pizza al horno de leña y concesionarios que venden BMW.
  • Miles de viviendas nuevas en Pionyang (se habla de proyectos de 10.000 pisos).
  • Teléfonos inteligentes, fábricas nuevas, un gran hospital y torres de apartamentos con ascensores que funcionan.
Ojo con el espejismo. Casi toda esa riqueza se concentra en la capital. La mayor parte del país sigue, con toda probabilidad, en la pobreza. Pero, como veremos, en una dictadura lo que de verdad importa para la estabilidad no es el campo, sino quién vive bien en la capital.

Amenaza 4: la inestabilidad interna → miedo, capital y control

Esta era, según aquel informe de la CIA, la amenaza principal. Cuando Kim Jong-un llegó al poder en 2011 era un chico educado en Suiza, inexperto y sin apenas base propia, rodeado de generales y veteranos que —se daba por hecho— lo manejarían a su antojo. ¿Cómo iba a controlar semejante avispero totalitario y, encima, evitar el destino de tantas dictaduras que caen por golpes internos o revueltas? Kim jugó varias cartas.

1. El miedo. En 2013 hizo ejecutar a su propio tío, Jang Song-thaek, considerado el número dos del régimen, junto a otros altos cargos. En 2017, su hermanastro Kim Jong-nam fue asesinado en el aeropuerto de Kuala Lumpur con un agente nervioso. El mensaje a la élite era nítido: aquí mando yo. Pero el miedo, por sí solo, no sostiene un régimen mucho tiempo.

2. El maná para la capital. Aquí encaja la pieza económica del capítulo anterior. Toda esa nueva riqueza se canaliza hacia Pionyang, donde viven las élites militares y políticas. Si esas élites prosperan, en vez de conspirar contra Kim, pasan a tener interés en protegerlo. Es un truco autoritario clásico (Putin ha hecho lo mismo embelleciendo Moscú mientras el resto de Rusia se hunde).

3. El control de la comida y la información. Con suministros llegando de Rusia y China, Kim ha podido cerrar los mercados informales de los que el país dependía para comer. Con ello mata dos pájaros: controla quién come (y por tanto quién le debe lealtad) y corta la entrada de series y películas extranjeras que erosionaban su control ideológico. No es casual que en 2020 aprobara una dura ley contra el “pensamiento reaccionario”, con años de trabajos forzados por ver contenido surcoreano.

La declaración de victoria

Con todo lo anterior resuelto, Kim dio el paso definitivo. En 2024 anunció que la reunificación ya no era posible y cerró las agencias dedicadas a ella. Y poco después lo hizo oficial en la nueva constitución: se eliminó toda mención a reunificar Corea y se definió a Corea del Sur como un país extranjero más, con la frontera al sur como algo permanente.

Es, en la práctica, una declaración de independencia. Corea del Norte deja de justificarse como “la mitad temporalmente separada” de Corea y se proclama, por primera vez, un Estado propio, permanente y completo. Justo la “amenaza principal” que iba a hundirla —su falta de razón de ser— convertida en su gran victoria.

¿Ha 'ganado' de verdad? La gran incógnita

Puestas en fila, las cuatro jugadas dibujan una estrategia asombrosamente coherente para un país al que todos daban por muerto:

Las 4 amenazas que iban a hundir a Corea del Norte y cómo las superó

AmenazaEscenario de colapsoCómo la superó
Guerra con EE. UU.Invasión y caída del régimenSe convirtió en potencia nuclear con capacidad de segundo ataque
Aislamiento y dependencia de ChinaAsfixia o colonización de facto por PekínCumbres con Trump y alianza con Rusia; Xi y Putin compiten por cortejarla
Colapso económicoHambruna y desintegración del EstadoVentas de armas a Rusia y ayuda de Moscú y Pekín; auge en la capital
Inestabilidad internaGolpe o revuelta contra KimPurgas más prosperidad para la élite más control de comida e información

El giro es tan llamativo que hasta la prensa que llevaba décadas anunciando su caída ha cambiado el tono: The New York Times habla de una “transformación milagrosa” y Foreign Affairs titula, directamente, “Cómo ganó Corea del Norte”. Y quizá su mayor victoria sea precisamente esa: que ya casi nadie predice su colapso. Si el mundo asume que Corea del Norte ha llegado para quedarse, la tratará como un hecho con el que convivir, no como un error histórico que corregir.

Pero ¿es para siempre?

Conviene no pasarse de frenada. Hay una regla bastante fiable sobre las dictaduras: no suelen durar mucho. La vida media de una dictadura moderna ronda los 10-12 años. La propia Unión Soviética, una de las más longevas, aguantó 69. El sistema norcoreano lleva ya 76 años en pie —más que la URSS, más que muchas— y ha sobrevivido a dos traspasos de poder, que es justo cuando estos regímenes suelen romperse. Y Kim ya prepara a su hija para un tercer relevo.

Así que caben dos lecturas. Una: Corea del Norte va “con la prórroga agotada” y cada año que pasa es tiempo prestado antes de lo inevitable. Otra: ha descifrado un código que ninguna otra autocracia ha logrado. Nadie lo sabe con certeza —ni la CIA, ni probablemente el propio Kim—, porque su modelo es demasiado nuevo: es, literalmente, un caso único de apenas unos años.

Lo que sí puede decirse es que lo conseguido hasta ahora no debería haber sido posible. Y por eso, de momento y a su manera, puede afirmarse que Corea del Norte ha ganado.

Esa es la partida geopolítica que se esconde detrás de una imagen tan inofensiva en apariencia como la de su nuevo resort de playa de Wonsan Kalma: no es solo turismo, es un régimen enseñando al mundo que se siente ganador.

Si te interesa la geopolítica, quizá disfrutes también con los motivos del colapso de la Unión Soviética (el desenlace contrario) o con nuestro repaso de cuántas armas nucleares hay en el mundo y quién las tiene.