Pekín tiene un problema que no tienen otras capitales: casi todo lo importante es enorme. La Ciudad Prohibida son mil edificios, el Templo del Cielo es un parque entero, el Palacio de Verano tiene un lago con isla y la plaza de Tiananmen es de las mayores del mundo.
Eso significa que aquí no funciona el modelo de “mañana de museos y tarde de paseo” que sirve en Europa. Cada uno de los grandes se come medio día como mínimo, y si intentas encajar tres en una jornada acabas reventado y sin haber visto ninguno.
La otra particularidad es que varias visitas exigen reserva previa con días de antelación y cupo limitado. Improvisar en Pekín sale caro.
Con eso en la cabeza, esto es lo que de verdad merece la pena, ordenado por importancia y con una idea de cuánto tiempo pedir a cada cosa.
Los imprescindibles
La Ciudad Prohibida
El palacio imperial durante casi cinco siglos y la razón principal por la que se viene a Pekín. Se entra por el sur y se sale por el norte, en un solo sentido, y hacen falta tres horas.
Ojo, que este no admite improvisación: hay que reservar con antelación, cierra los lunes y la entrada va ligada a tu pasaporte. Todo el procedimiento, en cómo conseguir entradas para la Ciudad Prohibida.
La plaza de Tiananmen
Justo al sur, y de paso obligado. Es enorme y tiene sus propios controles de seguridad con pasaporte. Más que un sitio bonito es un sitio con peso: conviene saber lo que se está pisando, y de eso hablamos en la plaza de Tiananmen.
El Templo del Cielo
Para mí, lo más bonito de Pekín y donde más se disfruta. No solo por el edificio —esa rotonda de tejado azul que sale en todas las fotos— sino por el parque que lo rodea.
Ve temprano, sobre las siete de la mañana. A esa hora el parque se llena de gente del barrio haciendo taichí, bailando, cantando ópera, jugando al bádminton y a las cartas. Es de las mejores estampas de vida cotidiana que vas a ver en China, y a las diez ya se ha acabado.
El Palacio de Verano
El refugio estival de la corte: un lago enorme, colinas, pabellones y un corredor cubierto pintado que no se acaba nunca. Medio día tranquilo, y en verano se agradece muchísimo porque hay sombra y agua.
Está a las afueras, así que cuenta con el trayecto.
Los hutongs
Los callejones tradicionales del casco antiguo, con las casas de patio. Es donde Pekín deja de ser una capital de avenidas de ocho carriles y se convierte en un pueblo.
Quedan muchos menos de los que había —se han derribado barrios enteros—, y los más céntricos están muy orientados al turismo. Aun así, basta con meterse dos calles hacia dentro para encontrar la vida real: gente jugando al ajedrez chino en la puerta, ropa tendida, bicicletas.
La Torre del Tambor y la Torre de la Campana son un buen punto de partida para perderse por la zona.
El orden que yo montaría si tienes cuatro días:
- Día 1: Ciudad Prohibida + Tiananmen + subir a Jingshan al salir.
- Día 2: la Gran Muralla, día completo. Lo tienes en cómo ir a la Gran Muralla desde Pekín.
- Día 3: Templo del Cielo a primera hora + hutongs por la tarde.
- Día 4: Palacio de Verano.
Y la regla de oro: reserva primero la Ciudad Prohibida y encaja el resto alrededor, porque es la única pieza rígida del puzle.
Lo que casi nadie visita y merece la pena
Cuando ya tienes los grandes cubiertos, aquí es donde Pekín se pone interesante.
El Templo de los Lamas (Yonghegong)
El templo budista tibetano más importante fuera del Tíbet, y está en pleno centro con parada de metro propia. Es un templo en uso, no un museo: huele a incienso y hay gente rezando de verdad.
Dentro guarda un Buda de dieciocho metros tallado en un solo tronco de sándalo. Verlo en persona impresiona bastante más de lo que sugiere la descripción.
El Templo de Confucio y el Colegio Imperial
Justo al lado del anterior y casi vacío, lo cual dice mucho de cómo se reparten los turistas. Patios con cipreses centenarios y centenares de estelas de piedra con los nombres de los que aprobaron los exámenes imperiales durante siglos. Un remanso de paz a cinco minutos del bullicio.
Los restos de la muralla de la ciudad
Casi nadie sabe que Pekín tuvo su propia muralla y que se derribó en los años cincuenta y sesenta para hacer la segunda circunvalación y el metro. Queda un tramo restaurado junto a la estación de tren principal, con un parque alargado. No es espectacular, pero cuenta una historia de la ciudad que se ha borrado.
798, el barrio del arte
Una antigua fábrica de electrónica de la época soviética convertida en distrito de galerías, estudios y cafés. Naves industriales con consignas de la Revolución Cultural todavía pintadas en las vigas, y arte contemporáneo debajo.
Es el contraste perfecto después de tres días de templos, y una tarde entretenidísima. Está lejos del centro, así que reserva medio día.
Los mercados y el paseo nocturno
Pekín se disfruta mucho de noche. La zona de los lagos Houhai con las orillas iluminadas, los puestos callejeros de comida, la gente patinando en invierno cuando se hiela.
Una advertencia sobre las “casas de té” y las “exposiciones de arte”. En las zonas turísticas —sobre todo alrededor de Tiananmen y las calles peatonales céntricas— es habitual que se te acerque alguien muy simpático, con un inglés sorprendentemente bueno, que quiere “practicar idiomas” y acaba proponiéndote ir a una ceremonia del té o a una galería.
Es la estafa clásica de la capital: la cuenta al final es desorbitada y a veces hay alguien en la puerta para que la pagues. No es peligroso, pero es caro. Si alguien te aborda en la calle y la conversación deriva hacia “vamos a tomar algo”, declina y sigue andando.
